Vermú con cucaracha

La clientela de "El bar", preparada para ser engullida por el habitual "rodillo De la Iglesia"

La clientela de «El bar», preparada para ser engullida por el habitual «rodillo De la Iglesia»

Veintipocos años después de su cénit «El día de la bestia», el bueno de Álex de la Iglesia sigue dando vueltas a la misma rotonda para ver si de nuevo suena la flauta, o la corneta caprina. Da igual si mueve la cámara hacia un poblado western, una fiesta de Nochevieja (o dos), un aquelarre, unos grandes almacenes o el mismísimo Valle de los Caídos. Él, erre que erre. Y como casi lo consiguió con «La comunidad», pues allá va la variación sobre el mismo tema: un microcosmos desquiciado y desquiciante, caldo de cultivo para que florezcan como ácaros (esos títulos de crédito chunguetes) las miserias del ser humano y tal. Y eso es «El bar», la astracanada pirotécnica «patas arriba» de siempre marca de la casa, licor de garrafón por culpa también de lo de siempre: un guión que empieza resultón pero que se va desinflando poco a poco hasta llegar a un desenlace metido con calzador. La anécdota argumental reúne a un grupo de variopintos personajes en un bareto cutrón en la castiza plaza de los Mostenses regentado por Terele Pávez (sí, vuelve a hacer de mujerona esperpéntica y dominanta) y Secun de la Rosa (sí, vuelve a hacer de calzonazos buenazo y sumiso), y con clientes como Mario Casas (sí, vuelve a hacer de tontaina balbuceante) o Blanca Suárez (sí, vuelve a hacer de boba despampanante, sobre todo en la escena de la bajada a las alcantarillas, luciendo «tetamen» que da gusto, tipo Leonor Watling en «Los crímenes de Oxford», única pieza suelta del «universo» De la Iglesia). Si a esto le añadimos una cuarentena infecciosa, o lo que sea, en pleno centro de Madrid muy poco creíble, un vagabundo apocalíptico muy pesadito, muchas voces, histeria colectiva y tiros y una recta final subterránea que hace que añoremos tantísimo a la gloriosa imaginación de «La torre de los siete jorobados», pues ya tenemos mejunje reconvertido en una de las películas españolas más esperadas del año. Así está el patio, con o sin boicots. ¿Hace una mirinda nostálgica, por cierto?

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