Vacas y nazis

Los protas de la peli, retozando en el prado

Con el paso de las décadas, Terrence Malick se ha metamorfoseado de unicornio a percherón, de rara avis casi extinguida a poderosa y obstinada criatura que carga una y otra vez y a trompicones con un estilo y un ideario que, a sus 76 años, no parece que vaya a aligerar o sublimar. Su nuevo filme, «Vida oculta», de tres agotadoras horas de eslora, así lo da a entender: la historia de un “objetor de conciencia” austriaco que interpone su visceral odio al incipiente nazismo a su idílica vida familiar en una granja alpina demuestra hasta dónde puede llegar la convicción, o cabezonería, ética del ser humano, como también la paciencia del espectador ante un filme reiterativo y machacón. Por supuesto, su primer tercio es deslumbrante, entroncando con el consabido talento del autor de «El árbol de la vida» y «La delgada línea roja» para zambullirse en el manantial de la infancia, chapotear alegremente en sus orillas cristalinas y salpicarnos de agua milagrosa (y hasta bendita, porque también cabe generosa papilla de moralina católica y santurrona, como es habitual en el cineasta). Pero después, ay después, la narración se enfanga y eterniza a pesar de algunos raudos intentos (el juicio exprés, con el testamento de Bruno Ganz como regalo) y algunas escenas –encima- de relleno, como la amistad entre el protagonista (August Dielh, que hace lo que puede con su papelón) y su nuevo compañero de celda. El resultado es tan extraño como unir «Sonrisas y lágrimas» con «Hasta el último hombre». Y la decepción, sin llegar al desastre, es tristemente desoladora.

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 FATALITY WESTERN es colaborador oficial de CLUB MEGACONSOLAS (sí­guenos en Twitter Facebook).

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