Vuela alto, cuate

Iñárritu, con sus tres premios gordos (peli, dire y guión original)

Iñárritu, con sus tres premios gordos (peli, dire y guión original)

No nos engañemos: a pesar de los lanzamientos jugones recientes (de los que publicaremos análisis pormenorizados en breve), hoy todo el mundo se ha levantado con resaca de Oscar. Haya o no haya aguantado la ceremonia, que empezó brillantemente con un número musical muy apañado y chinesco, pero que se fue desinflando por la sosería del presentador, ese «médico precoz» al que se le veía más suelto en sus cameos en «Dos colgaos muy fumaos». Pero, en fin, el notición fue la catapulta a los altares de Hollywood de Alejandro González Iñárritu (ojo que el cine tex-mex sigue en alza, recordamos «Gravity» el año pasado), un tipo que ha pasado de dormir a la fresca en El Retiro a coleccionar estatuillas a mansalva. Además, es bastante campechano y fan de Hugo Sánchez, como pude comprobar entrevistándole por «21 gramos» hace ya unos añitos. Todo gracias a «Birdman», una de esas películas que los listillos llaman «tour de force» y que, como dijimos el viernes, tiene más trampas que una de chinos (o que «Biutiful», ejem), empezando por el tan cacareado travelling infinito (a la altura de la suela de los zapatos de «Sed de mal») y a una visión muy cándida de la figura del crítico, teatral en este caso. Pero, en fin, en el Hollywood moderno es un puntazo que este tipo de filmes llegue a la pantalla final y gane al gran jefe «Boyhood». Lo que de verdad no entiendo es que, siendo la película del año, y siendo una exhibición de su actor protagonista, el bueno de Michael Keaton se haya quedado sin Oscar. Está claro que, si después de esto no ha mojado, ya se puede olvidar de premio (igual que el veteranísimo Robert Duvall, al que encima le tocó pasillo). Del resto de pedreas, bien por las cuatro de «El Gran Hotel Budapest», bien por las tres de «Whiplash» (nuestras favoritas), bien por las actrices y bien por «Ida», aunque le quitase la gloria a «Relatos salvajes». Hala, hasta el año que viene si dios quiere.

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El frotar se va a acabar

Cameron, en felina pose "feet'n'sole" antes de aplicarse en la mecánica fina a lo "Crash"

Cameron, en felina pose «feet’n’sole» antes de aplicarse en la mecánica fina a lo «Crash»

Mientras asistía a la proyección de «El consejero» (¿por qué narices no han traducido «The counselor» como «El abogado», que así llaman al peripatético personaje de Fassbender todo el rato?), interminable, tediosa y abotargada por culpa de la modorra de la sesión de las cuatro de la tarde y del primer resfriado del otoño/invierno, no podía dejar de preguntarme una cosa: ¿para qué demonios se habrá metido uno de los tres o cuatro mejores escritores del mundo, a sus venerables 80 años de edad, en semejante berenjenal? Sorpresas te sigue dando la vida: Cormac McCarthy, al que adoraremos de por vida por «Trilogía de la frontera», La carretera» o «Suttree», ha pagado la novatada de su estreno como guionista de Jolibú, tal vez deslumbrado por la lluvia de Oscar que se llevó la adaptación de su «No es país para viejos» (recordemos sus sorprendentes imágenes dando botes en la platea, como un hooligan quinceañero). O igual su tesorero le timó, como a Leonard Cohen, y el hombre necesita unos dólares para asegurarse su «edad de oro». Sea como fuere, aquí ha pinchado en hueso a base de bien.

Pitt y Fassbender, pensando en qué habrán hecho ellos para merecer esto

Pitt y Fassbender, pensando en qué habrán hecho ellos para merecer esto

No tanto por el argumento, un cúmulo de tópicos thrilleros (nunca mejor traído el juego de palabras) alrededor de un pobre pardillo leguleyo al que embaucan para un turbio asuntos de drogas en la frontera que nunca acaba de interesarnos ni de engancharnos, sino sobre todo por el envoltorio de celofán brillante (de bazar chino, vamos) con que lo recubre: una tabarra de diálogos sentenciosos, pedantes y huecos (estilo «The newsroom», salvando las distancias) que salen como si nada de la boca de un camarero cuate, de un imponente (este sí) Bruno Ganz o de un narco de chiste (menudo añito que lleva Bardem, en el aguijón del alacrán, el curita plomizo de Malick y esto), incluyendo a Machado y todo, el pobre. ¿Dónde quedaron los diálogos secos y brutales santo y seña de su autor? Para equilibrar un poco el asunto, se saca de la manga una de las escenas más ojipláticas y alipóricas que hemos sufrido en los últimos tiempos (más o menos, desde que vimos «Holy motors»): la tigretona Cameron Díaz (que ya tiene una edad, ay) frotándose despatarrada, y con la depilación brasileña en carne viva, en la luneta delantera de un Ferrari ante la mirada espantada de nuestro tocayo. ¿Hace una combiación de squirting y limpiaparabrisas para una posible versión-parodia X? Demasié.

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Poco más se puede añadir de este rollo macabeo que confirma la decadencia de un Ridley Scott que empezó a tocar fondo con su igualmente decepcionante «Prometheus» (esperemos que con su «Exodus» repunte un poco). Tan solo la curiosidad de descubrir a Fernando Cayo, el memorable Tino de «Manos a la obra», haciendo las Américas interpretando a otro picapleitos fugaz, y a una Rosie Pérez -con creciente parecido a una Lola Gaos chicana– que vuelve a reunirse con su «Romeo Dolorosa» quince años después de «Perdita Durango». Qué vueltas da la vida para acabar en el mismo sitio, ¿verdad? Menos para , que sigue sin quitarse de la boca el acento y la risotada cheli de Alcobendas, aunque esté envuelta en sedas y diamantes. Por cierto, quien necesite más argumentos para apoyar la mediocridad de «El consejero», allá va el definitivo: a Boyero le ha molado bastante.

Este sí que es un Cormac McCarthy de toma pan y moja...

Este sí que es un Cormac McCarthy de toma pan y moja…

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