Ñam, ñam

"Esta pájara le daba poco a la dieta mediterránea, me parece a mí"

«Esta pájara le daba poco a la dieta mediterránea, me parece a mí»

Desde que Pepe Sacristán llamara a Emma Cohen «antropófaga» en vez de «antropóloga» en «Solos en la madrugada», el suculento tema del canibalismo prácticamente ha brillado por su ausencia en el cine español. Hasta que, como siempre, ¿no quieres caldo? Pues toma tres tazas: en un mes se han estrenado tres pelis que le hincan el diente con mayor o menor fruición, como son «Omnívoros», «Las brujas de Zugarramurdi» y, a partir de hoy, «Caníbal». Y de «Caníbal» se podría decir precisamente lo que exclama su protagonista absoluto Antonio de la Torre en la simétricamente opuesta «Balada triste de trompeta»: «Vaya tela, vaya tela». Más tela que el albornoz de Orson Welles. Porque hay que tenerlos muy bien puestos para urdir una historia sobre un tipo que se merienda a señoras (de Granada y alrededores) sin mostrar un triste higadillo, una pierna en rodajas o unos sesitos a las finas hierbas y en su recipiente original, como Ray Liotta en «Hannibal». Como mucho, una gota de sangre formando riachuelo, y ya.

"De tanto darle al corte y confección se me está abriendo el apetito, y me conozco"

«De tanto darle al corte y confección se me está abriendo el apetito, y me conozco»

Definitivamente, el sastrecillo mordiente que se saca de la manga el director Manuel Martín Cuenca poco tiene que ver con los estándares de Hollywood, y mucho menos con el gore giallo. Aquí la cosa va por derroteros más elegantes, minimalistas, sin llegar al arte y ensayo (estupendos los interludios costumbristas del protagonista con el único personaje femenino al que no quiere pegarle un bocado), con óptima puesta en escena y vestida y fotografiada (maravillosas las escenas en Sierra Nevada) como un pincel. Además, el triángulo sentimental (con «vaya par de gemelas» y todo), que también desengrasa lo suyo cual ensaladita ligera, le añade mayor carga y tensión dramática a la trama. Hasta el simbolismo geográfico (la Semana Santa y el Cuerpo de Cristo) no carga demasiadas tintas hacia lo que todos sabemos y tememos. Pero, desde luego, si «Caníbal» vale su peso es oro es gracias a Antonio de la Torre, que por algo su apelllido contiene las sílabas de «todoterreno». Hace falta ser muy bueno para lidiar con una frase de guión («las mato y me las como») que, en boca de otro, podría alcanzar niveles de ridículo y vergüenza ajena a la altura del «soy Vicente» del final de «La piel que habito». En fin, una película que gustará hasta a vegetarianos, y con eso decimos todo.

Tócala una vez más, Rodríguez

Tócala una vez más, Rodríguez

PD. Por cierto, el próximo jueves 17, a las 20.20 horas en el madrileño cine Renoir de Plaza España, y casi ocho meses después de su estreno comercial, será el último pase de nuestra película favorita de lo que va de año: «Searching for Sugar Man». La proyección promete ser una fiesta, con actuación en directo y sorpresas y regalos para los asistentes. No es para menos, porque tal y como están las cosas, esta plusmarca te reconcilia con el mundo. In Rodríguez we trust!

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Searching for…

¿Una partidita de "tiro al mendrugo"?

¿Una partidita de «tiro al mendrugo»?

Cuanto más revisamos la parrillada de estrenos de cada viernes, más ganas tenemos de volver a ver «Searching for Sugar Man» (a ver si alcanzamos las 13 ó 14 de Pedro Ruiz…). Hoy la cosa viene calentita, o más bien gélida, porque «Resacón 3», «R3sacón», o como demonios quieran llamarla, tiene la misma gracia que el chiste del perro Mistetas que contábamos en la EGB. Pero lo peor no es que sea repetitiva, boba y sin chispa (algo que ya nos temíamos en la anterior entrega tailandesa), sino que, encima, se pone nostálgica y autocompasiva. O sea, como un cuñado plasta y borracho que ha perdido su escaso encanto con las mujeres. Una muestra de cómo Hollywood recalienta y destruye una simpática idea a base de estirarla por activa y por pasiva (véase el pseudo spin-off «Salidos de cuentas»).

Y es que, a pesar de todo, es importante mantener la dignidad y la vergüenza. Dignas, al menos, son otras dos novedades de la semana. La primera, muy made in festival de Málaga, es «Hijo de Caín», esmerado aunque «moroso» (como dicen los modernuquis) thriller que, aunque tira de mucho lugar común y simbolismo fácil (el ajedrez, ese juego de mesa tan jugoso), vuelve a beneficiarse del gran estado de forma de Coronado, incluso cuando no está Urbizu a los mandos. Por cierto, si habéis visto el criminal tráiler biligüe, ahí tenéis la mejor forma de dinamitar un estreno (y, por supuesto, da igual que sea catalán o eslovaco). Luego nos quejamos de que va poca gente a ver cine español y que los Renoir se vacían (en dichas salas lo llevo sufriendo un par de semanas). ¿Cómo se puede ser tan obtuso?, como dicen en mi idolatrada «Cadena perpetua».

El putero y la adúltera de "360"

El putero y la adúltera de «360»

Y, en la otra esquina, «360» (subtitulada tontamente como «Juego de destinos»), último filme de Fernando Meirelles (el Kurt Rambis del cine brasileño), que sigue despeñándose desde que tocara el cielo con la enorme «Ciudad de Dios» (peli de cabecera de «Max Payne 3»). Ahora, adapta el canon de las novelas tipo «vidas cruzadas», «La ronda», de Schnitzler, llevada al cine primorosamente en 1950 por Max Ophüls (que alguien se acuerde de Ophüls hoy día ya es un detallazo). Desgraciadamente, toda la sutileza del filme original se desvanece en un álbum de cromos lleno de personajes desdibujados, algunos con una torpeza y olvido alarmantes viniendo de quien viene la cosa, en un puzle artificioso con piezas mordidas que nunca acaban de encajar. Excepto el papelón de Anthony Hopkins (ojo a su confesión en una reunión de Alcohólicos Anónimos), el conjunto parece un híbrido entre «Secretos y mentiras» (por algo asoma tímidamente Marianne Jean-Baptiste) y ese mobiliario de metracrilato que acaba siendo cierto cine «cosmopolita» y, casi inevitablemente, cateto.

En fin, que ante tanta medianía mediopensionista, al menos tenemos la voz de un poeta que se alza con suma facilidad. Hazles callar la maldita boca, Rodriguez:

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=Mr9peut6brI[/youtube]

PD. Por cierto, una decente que se nos quedó olvidada la semana pasada: «Un amigo para Frank», curioso cruce entre Bradbury y Rufufú protagonizado por un robot mayordomo casi tan solítico como el Lluís Homar de «Eva», y por un gran Frank Langella que, si existiese justicia, y Hollywood premiase a las actuaciones y no a las imitaciones, ya tendría que tener un Oscar en sus vitrinas. Además, la sala estaba moderadamente llena de cinéfilos de la tercera edad, seguramente suspirando por un autómata así de buen mozo para ellos solitos (la robótica humanista, esa eterna quimera de la ciencia-ficción…).

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