Steven el Gigante

He aquí el regreso al cine familiar del gran Spielberg

He aquí el regreso al cine familiar del gran Spielberg

Si alguien merece llevar el apellido de «titán» (lo de Rey Midas ya está un poco visto, ¿no?) en el Hollywood de los últimos 40 años es, sin duda, Steven Spielberg. Desde que revolucionó la industria con «Tiburón», no ha parado de currar a ritmo frenético alternando el cine de autor con los blockbusters más rotundos, aunque ya se sabe que cualquier tiempo taquillero pasado fue mejor (sobre todo cuando no existía Pixar). Pero, ¿qué demonios hacemos hablando de Spielberg a estas alturas? Lo mejor es dejarse de prejuicios y disfrutar de su último estreno, «Mi amigo el gigante», una preciosa adaptación del cuento de Roald Dahl sobre una niña que une fuerzas con la Reina de Inglaterra y con un gigante bonachón, conocido como el BFG, para detener una invasión de malvados gigantes que se preparan para comerse a todos los niños del país. Claro que, si preferimos un drama más pegado a la realidad más gris, nada mejor que lo último de Jodie Foster como directora (tras la raruna pero bastante interesante «El castor»): «Money Monster», que cuenta la historia de Lee Gates (George Clooney), un famoso charlatán televisivo, conocido por ser uno de los gurús de Wall Street. Pero cuando el joven Kyle Budwell (Jack O’Connell) pierde todo el dinero de su mamaíta en una mala inversión por consejo de Gates, decide secuestrar al bocachancla durante su emisión en directo del programa y ponerle un bonito chaleco de explosivos a juego con la corbata. Buen ritmo, buenos actores (incluyendo a Julita Roberts) y pirotecnia de primera para una fábula contemporánea sobre la eterna duda de quién fue primero, el codicioso rico o el codicioso pobre. En fin, un par de pelis bastante potables. No está mal para un 8 de julio.

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Dinos resurrection

A ver si Frank de la Jungla doma a esta lagartija...

A ver si Frank de la Jungla doma a esta lagartija…

¿Eres de «Schlinder» o eres de «Jurassic»? Esa era la pregunta que todo buen spielbergiano se hacía hace veintipico años, dando lugar a debates tremendos (con gente como Savater defendiendo el renacer pop de los dinos, mientras que en la facultad de Periodismo algunos profesores dedicaban clases a la memoria judía del Holocausto) con una misma finalidad: sea de nazis, sea de T-Rex, el buen cine -comercial- solo tiene un camino, el marcado por el tito Steven hace justo 40 años. Ahora rompe el cascarón otra de sus criaturas, «Jurassic World», aunque ha estado a punto de quedarse con las ganas ya que, después de las dos secuelas más o menos exprés y apañadas, de «Parque Jurásico», la cuarta entrega se ha resistido a base de bien desde que el Rey Midas la anunciara allá por 2002. Huelgas de guionistas, reparto rompecabezas y múltiples zarandajas han provocado que, a lo tonto, “Jurassic World” se quedase trece años hibernando y en peligro de fosilización. Pero, qué demonios, si la vetusta “Mad Max” ha conseguido resucitar hace un ratito, ¿cómo no va a conseguir lo que se proponga la era del recauchutado fino? Así, gracias a un empujón de 200 milloncejos, la magia del 3D, un reparto pintón (con Chris Pratt, Bryce Dallas Howard y el francés Omar Sy), la bendición de Spielberg y algunos guiños para nostálgicos como la inclusión de T-Rex original, he aquí la cuarta entrega de la saga (y ya están pensando en la quinta, claro). ¿El argumento? Pues más o menos el de siempre: el “chiqui-park” de la Isla Nublar reabre sus puertas, con mejor andamiaje que nunca, y con unos velociraptores que da gloria verlos. Hasta que un nuevo dino carnívoro de laboratorio (I-Rex) se escapa y ya se ha liado. Diversión a tope, sin más zarandajas ni ramificaciones. Por cierto, también se lanza hoy el juego ad hoc, «Lego Jurassic World«, con los muñequitos en forma de dinos que son una auténtica monada.

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Cotilleo

"Citizenfour", un documental que se viste por los pies, como diría un castizo

«Citizenfour», un documental que se viste por los pies, como diría un castizo

Hoy llega a las carteleras una buena pieza de no ficción, pero presentada como si lo fuera: «Citizenfour», un docu-thriller impactante alrededor de la peripecia de Edward Snowden siguiendo el rastro de las filtraciones ilegales del NSA. Ganó, entre otros muchos premios, el Oscar al mejor documental, birlándoselo (merecidamente) al gran favorito «La sal de la Tierra», así que estamos ante un filme con pedigrí que no defrauda las expectativas y que vuelve a demostrar, como vemos todos los días en los telediarios, eso tan manido como que la realidad supera a la ficción más retorcida. Aparte del plato fuerte (¿minoritario?) del día, también tenemos guarnición más o menos conseguida: una de ladrones con encanto («Focus») con la que Will Smith intenta redimirse del fracaso de su anterior «After Earth»; otra de abueletes vigorosos con fichaje de campanillas como Richard Gere («El nuevo exótico hotel Marigold«, ¿aunque no sería más correcto decir «El nuevo Y exótico hotel Marigold»?); y un cuentecito Disney de los de toda la vida dirigido por un Kenneth Branagh al que ya le da igual ocho que ochenta («Cenicienta»). Aunque, eso sí, la noticia de la semana es esta: Steven Spielberg, el jugón rey Midas, vuelve a los salones recreativos con un proyecto fetén. A ver si la cosa prospera, porque el amigo tiene la agenda más abultada que un ministro.

Las hermastras, el zapatito, la calabaza... ¿quieres que te lo cuente otra vez?

Las hermastras, el zapatito, la calabaza… ¿quieres que te lo cuente otra vez?

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El «ET» y el oto

Uno de los cartuchos supervivientes de la "fiebre del desierto"

Uno de los cartuchos supervivientes de la «fiebre del desierto»

Pues parece que era verdad. O tal vez todo se encuadre en ese «mondo fake» en el que vivimos, donde la realidad parece un falso documental y viceversa. Porque, de hecho, el descubrimiento de docenas de cartuchos del mítico videojuego de «E.T., el extraterrestre» en un desierto de Nuevo México (una de las leyendas urbanas, o arenosas, más sólidas del sector desde hace 30 años), no ha sido perpetrado por una suerte de arqueólogos jugones, sino por unos cineastas en pleno rodaje de un documental, además auspiciado por Microsoft. Seguramente haya gato encerrado, o gato por liebre, porque las cuentas no salen (siempre se habló de cientos de miles, o un par de millones, de unidades no vendidas de tan caótico videojuego, considerado uno de los peores de todos los tiempos), pero nadie negará que el asunto tiene su gracia, como un «tutankamón» pintoresco y bizarro. Y, aunque ahora nos lo tomemos a chundarata, maldita la gracia que les debió hacer a los «cráneos privilegiados» de Atari en su época, ya que la jugada costó a la compañía unas pérdidas de medio billón de dólares a finales del 83, y que Warner Communications les diese la patada.

¿No dan ganas de llevárselo a casa?

¿No dan ganas de llevárselo a casa?

Claro que este caso también demuestra que el hombre sigue tropezando en la misma piedra una y mil veces. Recordemos que, en mayo del 82, Atari tuvo la genial idea de fabricar doce millones de copias de «Pac-Man» para la 2600, a pesar de que solo había diez millones de consolas en el mercado (pensaban vender dos más con el tirón del juego). Resultado: solo llegaron a siete y se tuvieron que comer con patatas cinco. O enterrarlas en el Gobi, vete a saber. Sin escarmentar, el mandamás de la casa (Ray Kassar), en comandita con el jefe de Warner (Steven Ross), idearon su siguiente genialidad: la adaptación del gran blockbuster de la época, «E.T., el extraterrestre». Encima, pagándole a Spielberg 25 millones de dólares para convencerle de que su película era perfecta para un videojuego de acción. Pero lo mejor fue que también le prometieron al «rey Midas» tener el juego en las estanterías para la campaña navideña. Y estaban en julio.

Una muestra de la "maestría" de juego

Una muestra de la «maestría» del juego

Pecata minuta. ¿Seis semanas para elaborar un juego que, en circunstancias normales hubiese requerido seis meses? ¿Qué más da? Ellos eran los reyes del mundo, y con Spielberg al lado, ¿qué podía fallar? Así, confiaron la locura a Howard Scott Warshaw, que hizo un buen trabajo con «En busca del arca perdida», pero en esta ocasión la flauta no sonó. El juego en cuestión aburría a las ovejas, con unos gráficos toscos y primitivos (incluso para 1982), y una acción que consistía, como dijo un periodista, en «ver al extraterrestre cayéndose por agujeros una y otra vez». Como suele suceder, los jerifaltes se echaban las culpas mutuamente y nadie asumía la patata caliente del desastre. Pero tal fue la vergüenza en Atari que a alguien se le ocurrió enterrar los millones de copias sin vender en el desierto (solían hacerlo en almacenes abandonados, pero esto le daba un toque más romántico y fatalista al asunto). Cuando la prensa se enteró y acudió en masa por el botín, echaron cemento a la arena, y ceniza a la ceniza al canto. Al menos, eso pensaban. Ahora, los cadáveres exquisitos quedan al descubierto y salen a la luz para solaz del respetable. Ya solo queda que Spielberg haga una película «de las suyas» (con bicicletas y gorras de béisbol a tutiplén) para que se cierre el círculo de la maldición de «E.T., el videjuego». O, mejor, que llamen a los hermanos Calatrava.

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