La secuela del siglo

Harrison Ford y Ryan Gosling, a volver a cazar replicantes tan panchos

Harrison Ford y Ryan Gosling, a volver a cazar replicantes tan panchos

Es, seguramente, una de las secuelas más esperadas no solo de este año sino del siglo. O más, ¿por qué no? Sea como fuese, «Blade Runner 2049» es uno de esos estrenos que no se debe perder ni el Tato, aunque la sombra de su predecesora sea tan alargada como casi insuperable. Pero, ya se sabe, cuando Hollywood pone en marcha su maquinaria nostálgico-publicitaria, se juntan el hambre con las ganas de comer y no hay quien lo pare. Al grano: han pasado 30 años desde los acontecimientos ocurridos en el primer «Blade Runner», el fetén, el de Ridley Scott en plena forma -aunque aquí pilla cacho como productor ejecutivo, menudo es él- y el del monólogo más famoso de la historia del cine («he visto cosas que vosotros no creeriais»…). El oficial K (Ryan Gosling, menudo añito llevas), un blade runner caza-replicantes del Departamento de Policía de Los Ángeles, descubre un secreto que ha estado enterrado durante mucho tiempo y que tiene el potencial de llevar a la sociedad al caos. Su investigación le conducirá a la búsqueda del legendario Rick Deckard (Harrison Ford, que ya se apunta a un bombardeo, el hombre), un antiguo blade runner en paradero desconocido, que lleva desaparecido 30 años. Hay que ser muy valiente para atreverse con un morlaco de estas dimensiones, y Denis Villeneuve (director de las notables «Sicario» y «La llegada» y la sobresaliente «Incendies») lo es, demostrándolo al dar una vuelta de tuerca al mítico relato de Philip K. Dick con la ayuda al guión de Michael Green y Hampton Fancher, autor del libreto de la película original. Si a eso le añadimos un elenco con nombre como Jared Leto, Robin Wright, Dave Bautista o nuestra Ana de Armas, más una tonelada de efectos especiales elegantemente colocados, ya tenemos aspirante a obra maestra en su género, según la crítica yanqui. Y, aunque el impacto emocional que sentimos al ver el primer «Blade Runner» es sencillamente irrepetible, toca volver a soñar con ovejitas eléctricas (aunque sean clonadas, como la Dolly) y no se hable más. 

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El Alien de nunca acabar

Dientes, dientes, que diría la Pantoja

Dientes, dientes, que diría la Pantoja

Hace casi cuarenta años fuimos testigos del ardor de estómago más memorable de todos los tiempos: el que sufrió el finado John Hurt antes de dar a luz por el ombligo a un bicharraco que puso en jaque a Sigourney Weaver y sus compis, que iban cayendo como los diez negritos versión gravedad cero. Ahora, después de un puñado de secuelas de irregular resultado y una precuela de vergüenza ajena («Prometheus»), el incombustible Ridley Scott (¿qué desayunará este señor para tener tanta energía con casi ochenta palos?) vuelve a darle a la manivela con «Alien: Covenant», que narra el viaje, rumbo a un remoto planeta en el otro extremo de la galaxia, de la tripulación de la nave Covenant, compuesta por varias parejas además del androide Walter (Michael Fassbender), con el objetivo ser la primera misión colonizadora a gran escala. Al aterrizar en un extraño lugar descubren lo que parece ser un paraíso desconocido. Pero los integrantes de esta expedición pronto descubrirán que no están solos allí, y su misión acabará convirtiéndose en una lucha por su supervivencia en un ambiente hostil y peligroso. Los temibles xenomorfos no se lo pondrán nada fácil a los miembros de la Covenant. Concebido como secuela de la ínclita «Prometheus», la película garantiza más acción y menos rollo macabeo que su predecesora, aparte de menos «estrellitas», uno de los lastres de la anterior entrega. De hecho, en su reparto, aparte de Fassbender, encontramos a actores sólidos como Demian Bichir, Katherine Waterston, Noomi Rapace o Billy Cudrup. La cosa promete, aunque el listón estaba muy bajito. Pero Alien es mucho Alien y, sobre Ridley, quien tuvo retuvo (aunque a veces parece que «Blade Runner» y «Thelma y Louise» las rodó su cuñado el listo).

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Marcianos

Matt Damon, buscándose la vida en el espacio, como si en la Tierra no tuviera bastante

Matt Damon, buscándose la vida en el espacio, como si en la Tierra no tuviera bastante

Vuelve el cine de género a la actualidad, el syfy, el fantaterror como decía mi añorado Paul Naschy. Y no solo porque Sitges esté a pleno rendimiento, sino por los estrenos más gordos y sonrosados de la semana. Por un lado, «Marte (The Martian)», un nuevo intento de Ridley Scott de probar que no todo está perdido en su filmografía (aunque lleva una rachita fina, arrancada precisamente con «Prometheus», de la que amenaza secuela inminente). Al menos, aquí ha rebajado tensiones metafísicas con un survival de lo más convencional y extremo, con un Matt Damon en modo heroico pasándolas canutas en una misión espacial hacia el planeta rojo. Una mezcla entre Robinson Crusoe y «Gravity», vamos, aunque con todos los terrícolas embobados y pendientes de si sus caquitas (que pueden ser estrellas fugaces, por cierto) echan raíces en el huerto urbano-marciano que se ha montado tan ricamente. Y así todo. Viva el mainstream y el vino, que diría Tancredo. En la otra esquina, otro marciano de los buenos: Guillermo del Toro, un tipo desbordante y simpaticote (todo un placer entrevistarle cuando servidor era periodista y hacía entrevistas y todo, ay) que, además de estrenarse en Twitter (@RealGDT) con fundamento, presenta su vuelta al gótico: «La cumbre escarlata«, delicatessen fantasmagórica con casa encantada y sangrante, damas atormentadas de las camelias y desconocidos inquitantes con cara de cuento de Poe, o de Sheridan LeFanu. Un regalo para los fans del meollo fantastique, vamos. Pues eso, a dejarse llevar y a disfrutar (incluso con el trío de cine español: «Los miércoles no existen», «El rey de La Habana» y «Amama»).

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Señores mayores

Christian Bale, separando cráneos en vez de aguas del Mar Muerto en "Exodus"

Christian Bale, separando cráneos en vez de aguas del Mar Muerto en «Exodus»

Cumplidos los 70, Billy Wilder tuvo que jubilarse forzosamente porque ninguna aseguradora quería cubrirle las espaldas. De esa forma, Hollywood se permitió el lujo de desaprovechar 20 años más de uno de los mayores talentos de la historia del cine. Apúntate una, sí señor. Ahora las cosas son distintas: la maquinaria pesada y los egos aún más plomizos hacen que los septuagenarios estén hechos unos chavales, y hasta estrenen pelis cada año como churros. Hoy llegan a la cartelera dos buenos ejemplos. El primero, Ridley Scott, que después de torturarnos con «Prometheus» y «El consejero», se pone la túnica peplum (el hombre sigue siendo en los carteles promocionales «el director de Gladiator») en «Exodus: Dioses y reyes», una epopeya bigger than life con Moisés y Ramsés como si fuesen Ali y Frazier. Christopher Bale le pone planta y ceceo a una superproducción vistosa, claro, pero algo rancia cual vestuario de Cornejo, y de dos horazas y media de eslora, así que a aprovisionarse de polvorones para la tarde del domingo. Personalmente, con «Noé» ya he tenido bastante mundo bíblico viejuno y aguerrido, pero en fin.

Emma Stone, relajándose al saber que no va tener la suerte de Cate Blanchett el año pasado

Emma Stone, relajándose al saber que no va tener la suerte de Cate Blanchett el año pasado

Y, en la otra acera, otro «tito yayo» de campanillas: Woody Allen, que después de su estupenda «Blue Jasmine» despacha «Magia a la luz de la luna», una golosina de esas que escribe entre tiempo muerto y tiempo muerto de un partido de los Knicks. La chispa es conocida de sobra (París, años 20, un mago detective, una médium carota…), y a Allen le basta con un par de pases, un dúo protagonista solvente (Emma Stone y Colin Firth) y algunos retales de otras pelis anteriores («Scoop», «La maldición del Escorpión de Jade», «Midnight in Paris»…) para cumplir la papeleta. En fin, mucho mundo viejuno y batallitas del abuelo Cebolleta esta semana. Aunque, tiene gracia, el mejor estreno lo firma un «veterano» de 25 años llamado Xavier Dolan: «Mommy». Juventud, divino vete a saber qué. De todas formas, no es mal fin de semana para pasar por el cine. O semi-puente, ya que el lunes tenemos fiesta, así que a aprovechar la libranza.

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El frotar se va a acabar

Cameron, en felina pose "feet'n'sole" antes de aplicarse en la mecánica fina a lo "Crash"

Cameron, en felina pose «feet’n’sole» antes de aplicarse en la mecánica fina a lo «Crash»

Mientras asistía a la proyección de «El consejero» (¿por qué narices no han traducido «The counselor» como «El abogado», que así llaman al peripatético personaje de Fassbender todo el rato?), interminable, tediosa y abotargada por culpa de la modorra de la sesión de las cuatro de la tarde y del primer resfriado del otoño/invierno, no podía dejar de preguntarme una cosa: ¿para qué demonios se habrá metido uno de los tres o cuatro mejores escritores del mundo, a sus venerables 80 años de edad, en semejante berenjenal? Sorpresas te sigue dando la vida: Cormac McCarthy, al que adoraremos de por vida por «Trilogía de la frontera», La carretera» o «Suttree», ha pagado la novatada de su estreno como guionista de Jolibú, tal vez deslumbrado por la lluvia de Oscar que se llevó la adaptación de su «No es país para viejos» (recordemos sus sorprendentes imágenes dando botes en la platea, como un hooligan quinceañero). O igual su tesorero le timó, como a Leonard Cohen, y el hombre necesita unos dólares para asegurarse su «edad de oro». Sea como fuere, aquí ha pinchado en hueso a base de bien.

Pitt y Fassbender, pensando en qué habrán hecho ellos para merecer esto

Pitt y Fassbender, pensando en qué habrán hecho ellos para merecer esto

No tanto por el argumento, un cúmulo de tópicos thrilleros (nunca mejor traído el juego de palabras) alrededor de un pobre pardillo leguleyo al que embaucan para un turbio asuntos de drogas en la frontera que nunca acaba de interesarnos ni de engancharnos, sino sobre todo por el envoltorio de celofán brillante (de bazar chino, vamos) con que lo recubre: una tabarra de diálogos sentenciosos, pedantes y huecos (estilo «The newsroom», salvando las distancias) que salen como si nada de la boca de un camarero cuate, de un imponente (este sí) Bruno Ganz o de un narco de chiste (menudo añito que lleva Bardem, en el aguijón del alacrán, el curita plomizo de Malick y esto), incluyendo a Machado y todo, el pobre. ¿Dónde quedaron los diálogos secos y brutales santo y seña de su autor? Para equilibrar un poco el asunto, se saca de la manga una de las escenas más ojipláticas y alipóricas que hemos sufrido en los últimos tiempos (más o menos, desde que vimos «Holy motors»): la tigretona Cameron Díaz (que ya tiene una edad, ay) frotándose despatarrada, y con la depilación brasileña en carne viva, en la luneta delantera de un Ferrari ante la mirada espantada de nuestro tocayo. ¿Hace una combiación de squirting y limpiaparabrisas para una posible versión-parodia X? Demasié.

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Poco más se puede añadir de este rollo macabeo que confirma la decadencia de un Ridley Scott que empezó a tocar fondo con su igualmente decepcionante «Prometheus» (esperemos que con su «Exodus» repunte un poco). Tan solo la curiosidad de descubrir a Fernando Cayo, el memorable Tino de «Manos a la obra», haciendo las Américas interpretando a otro picapleitos fugaz, y a una Rosie Pérez -con creciente parecido a una Lola Gaos chicana– que vuelve a reunirse con su «Romeo Dolorosa» quince años después de «Perdita Durango». Qué vueltas da la vida para acabar en el mismo sitio, ¿verdad? Menos para , que sigue sin quitarse de la boca el acento y la risotada cheli de Alcobendas, aunque esté envuelta en sedas y diamantes. Por cierto, quien necesite más argumentos para apoyar la mediocridad de «El consejero», allá va el definitivo: a Boyero le ha molado bastante.

Este sí que es un Cormac McCarthy de toma pan y moja...

Este sí que es un Cormac McCarthy de toma pan y moja…

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