Otra de piratas

¿Ondeará algún día a media asta la dichosa banderita?

¿Ondeará algún día a media asta la dichosa banderita?

Ya se sabe que nuestro deporte nacional (o la “marca España”, que se diría ahora) es la envidia. Tanto es así que hasta se ha acuñado un eufemismo demencial y penitente (la “envidia sana”) para intentar justificarla y dulcificarla. Incluso algunos citan a los clásicos (el brillante género de la picaresca española) para loar sus virtudes, apelando incluso a la justicia universal, a la libertad de expresión o al comunismo más equitativo. Pero no hay más vuelta de hoja: el mecanismo central difícilmente puede ser más primario y abyecto: tú tienes algo que yo soy incapaz de conseguir; por tanto, lo deseo y, en última instancia, te lo robo. Y hasta me enorgullezco de ello y lo aireo a los cuatro vientos. Véase el caso de “8 apellidos vascos”: ¿qué es eso de llevar recaudados tropecientos millones de forma legal? Se acabó la tontería: a fotocopiarla en el top manta, saquearla y, de postre, jactarse en Twitter de sesión de cine en casa y en familia por la patilla (encima, destacando la escena de la manifestación, la de mayor vergüenza ajena de la película). La marca España pura y dura, vaya.

Por eso, nuestro pequeño país seguirá encabezando indefinidamente, o infinitamente, el ránking de piratería de la Alianza Internacional de la Propiedad Intelectual, con el sector del videojuego en cabeza. Según datos recientes, el año pasado se piratearon contenidos por valor de 4.380 millones de euros o, lo que es lo mismo, 170 millones de juegos descargados ilegalmente. Solo en el negocio musical el agujero negro es mayor. ¿Culpables? Los de siempre: la escasez de recursos, el “gratis total” promovido por internet, la delincuencia cobarde y «anónima» a pequeña escala… pero también la ignorancia en su amplio sentido: hace unos días, una algo airada y no muy informada lectora de este blog protestaba reclamando imágenes, no repartidas a la prensa especializada por las distribuidoras, como Dios manda, sino capturas directas de cada juego (de “elaboración propia“, decía, como si fuesen retratos al óleo), práctica que podría conllevar “spoiler”, destape cotilla y, finalmente, difusión no deseada de contenidos, otra ramificación del pirateo. ¿No queda claro que el «todo vale» tiene sus límites?

Y pirateo también garantizado (pese a todo, gracias por los impagables recuerdos jugones preadolescentes)

Y pirateo también garantizado (pese a todo, gracias por los impagables recuerdos jugones preadolescentes)

Aunque, en ocasiones, uno contribuye a la piratería sin saberlo y se entera 30 años más tarde. El otro día, trasteando por la red, me topé con un artículo sobre “LOAD’N’ RUN”, mítica revista por fascículos mensuales que, a mediados de los 80, ofrecía a los usuarios de ordenatas domésticos (el mío era el Commodore 64, como ha quedado dicho más de una vez aquí) un festín de programas y juegos por un precio muy asequible. Nuestra ingenuidad infantil (a los once-doce años algunos aún creían en los Reyes Magos; servidor no, que siempre fue republicano) no nos hizo sospechar que, en realidad, todos los juegos de cada cinta eran pasto de pirateo puro, duro y burdo, rebautizando el original de forma a veces rocambolesca. Curiosamente, el engaño no procedía de España, sino de nuestro país “hermano”: Italia. Ah, el trapicheo y el mafioseo… ¿será esa la genuina y auténtica dieta mediterránea?

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Mario y Espe

El fontanero, la izquierda "exquisita" y otras cosas de meter

El fontanero, la izquierda «exquisita» y otras cosas de meter

Ya decía Woody Guthrie que su guitarra era la mejor arma para matar fascistas. Eso, porque no aún no había joysticks ni gamepads ni similares. Y mucho menos un héroe polivalente como Mario, que lo mismo sirve como fontanero que médico, golfista (ojo a “Mario Golf World Tour”, al caer para 3DS), piloto de carreras (ídem a “Mario Kart 8”, inminente esperanza blanca de la WiiU) que rescatador de princesas o azote de iracundos derechones. Esto último lo descubrimos en una pegatina en plena calle, concretamente al lado de los cines Méndez Álvaro de Madrid, antes de entrar al preestreno de “Noé”. Caray, ¿sabrá Nintendo que su icono ha inspirado a unos «simpáticos» ultraizquierdistas antisistema (de los que hemos obviado sus señas de contacto en la imagen por razones obvias y cívicas) para aplastar a tirios, troyanos, corruptos y obispos?

Definitivamente, aquí el que no corre vuela

Definitivamente, aquí el que no corre vuela

Hablando de inspiración, ya estaba tardando que algún avispado sacase beneficio -al menos publicitario- del incidente automovilístico de Esperanza Aguirre (amplificado hasta niveles grotescos por la propia y soberbia protagonista y por la mala baba de las redes sociales): con ustedes, “GTAguirre”, un jueguecillo más sencillo que el mecanismo de un sacapuntas pero que se sube al carro del oportunismo y la coña marinera, dos de las “marcas España” más recalcitrantes. Y así todo. Ya lo decía el poeta: «La vida es y no es un dulce coñazo».

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La gran cloaca española

Doña Anita, en pleno relaxing podólogo (ojo al cuadro del fondo)

Doña Anita, en pleno relaxing podólogo (ojo al cuadro del fondo)

En una escena de la segunda temporada de la gran «House of cards» se ve al flamante vicepresidente de Estados Unidos (maquiavélico, irresistible Kevin Spacey) insólitamente frustrado al no poder echar una partida online al «God of War» al llegar a casa: los del servicio secreto le han capado la conexión doméstica a internet por cuestiones de seguridad. Enfurruñado, el hombre se consuela fumándose un porrito a escondidas. La segunda persona más poderosa del planeta, con algún que otro cadáver (político y real) a sus espaldas, rebajado al nivel de un quinceañero revoltoso y trasto.

Un gran espeJO DE lo que somos

Un gran espeJO DE lo que somos

Ignoro si nuestros políticos patrios le dan a la consola, aunque podría imaginarme a Soraya enviciada y con ojillos frenopáticos con algún episodio de «Animal Crossing»«Angry birds». También recuerdo que a algún diputado o senador meapilas le pillaron con el «Apalabrados» o similares en pleno pleno (valga la redundancia), invirtiendo así el valioso tiempo que, a precio de oro, le subvencionamos los pobrecitos pagadores de impuestos. Pero una cosa está clara: nuestras fuerzas vivas se moverían como peces en el agua en el mundillo enviciado y corrupto de Los Santos, San Andreas, Liberty City, Vice City y demás territorios de lo más familiares para el jugón de pro.

Gaviotas carroñeras y mediocres poderosos: viva la marca Ejjpaña

Gaviotas carroñeras y mediocres poderosos: viva la marca Ejjpaña

Con esa magistral premisa en la cabeza y en el pincel, Daniel S. Arranz ha creado una serie de ilustraciones bajo el epígrafe de «Grand Theft Democracy», donde se muestran a patéticos personajillos desenmascarados y sin trampa ni cartón. Una alcaldesa plenipotenciaria haciéndose la pedicura, un vetusto rey destronado, un grisáceo capitoste buscando un chapapote para esconder sus vergüenzas, un purpurado ocultando sus gracias divinas bajo cristales tintados, una aristócrata a punto de escupir azufre al pueblo llano y protestón…

Dos tontos muy tontos, en plan castizo

Dos tontos muy tontos, en plan castizo

Estampas casi costumbristas de un país fantasmagórico, carcomido, terminal, invertebrado y desmoralizador que solo ofrece dos opciones al personal: aguantar el chaparrón debajo del colchón donde guardas los ahorrillos o escapar lejos, bien lejos. A veces es mejor tomárselo con humor o como si fuera un juego en vez de una pesadilla. El autor de estas obras lo sabe y lo muestra con mucho arte y mala uva. Aunque la realidad siempre supera a la ficción: a pesar de su innegable talento, según confiesa en su Facebook, sigue sin encontrar trabajo.

Con lo campechano y calavera que era yo...

Con lo campechano y calavera que era yo…

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