Born to be wild (apuntes sobre la saga «Grand Theft Auto»)

Esta sí que es una gran familia (ladrona)

Esta sí que es una gran familia (ladrona)

Mafia, delincuencia, autos locos, armas estratosféricas, corrupción, malas calles, mala leche, comportamientos perturbados, música de la buena, chicas, chicas, chicas… ¿A que resulta difícil de entender por qué “Grand Theft Auto” se ha convertido en la saga de videojuegos más importante e influyente de todos los tiempos? Y eso que la cosa empezó como una “controvertida rareza”, en palabras del historiador Christian Donlan, ideada por David Jones (no confundir con este David Jones) un escocés amante del Commodore 64 y de la ultraviolencia -lo cual le costó partir peras con Miyamoto en Nintendo- en 1996-97 tomando el título de una salchichera película de Ron Howard, con perspectiva cenital (también se puede cambiar la «c» por una «g») a lo Diablo Cojuelo, y con unas elevadas dosis de sangre y saña. Tantas, que los medios de comunicación empezaron a alertarse y tener la mosca detrás de la oreja. Pero el fenómeno “GTA” ya era imparable y, desde el territorio PC, se propagó como la pólvora en otras consolas, como la Game Boy Color (en 1999) y, sobre todo, la Play, que acogió ese mismo año una expansión made in England (“Grand Theft Auto London 1969”), acompañado por una secuela continuista en el buen sentido (“GTA 2”) que iba a servir de tránsito a la gran revolución e impulso de la saga con el nuevo siglo.

Los primeros gateos de la leyenda

Los primeros gateos de la leyenda

En 2001, puede decirse que el videojuego vivió una de sus odiseas espaciales más brutales, al caer definitivamente la franquicia en las manos maestras de los hermanos Sam y Dan Houser, quienes aportaron todo el funky rabioso y pop de su herencia familiar (su padre era propietario de un brumoso club de jazz londinense) y el auténtico toque mágico: el 3D. Así, el concepto de libertad de acción y juego casi infinito (no siempre ir de A a B es el camino más corto y mas divertido) se consolidó con “Grand Theft Auto III” y, de propina, el nacimiento de casi una nación: Liberty City, ese Nueva York con alma de Nueva Jersey repleto de callejones del gato y podridos espejos cóncavos. Un caldo de cultivo ideal para que broten las cientos de historias modelo Scorsese y Lumet. La canada, vamos.

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Pero esto solo era el principio: la sexta generación de consolas hizo posible que el proyecto se volviese más ambicioso con una trilogía completada por “GTA: Vice City” (con ese Miami ochentero y hortera donde, al cabo del tiempo, no faltaría ni Phil Collins cantando “In the air tonight”) y, en 2004, con la opera magna del RockStar: “Grand Theft Auto San Andreas”, un país de Oz literalmente inabarcable y repletísimo de bandas negras, antihéroes oscuros, hipódromos, autopistas y hasta el jeti. Los famosos (Samuel L. Jackson, David Chappelle…) se volcaron con el proyecto, aunque las autoridades se rasgaron las vestiduras, inventándose apologías sobre violencia a periodistas y otros cuentos macabeos.

Histórica portada de "Público" dedicada a "GTA IV"

Histórica portada de «Público» dedicada a «GTA IV»

El nivel estaba tan alto que a RockStar solo le quedaba una cosa: superarlo a base de viejos y nuevos personajes, más violencia cartoon, mayores guiños cinéfilos (De Palma, Tarantino…) y algo de nostalgia. Véase el díptico “Liberty City Stories” y “Vice City Stories”, que volvió a demostrar el virtuosismo de la casa para encapsular en consolas portátiles (la PSP) un mundo implacable y oceánico, como harían más tarde con el colérico “Chinatown Wars” en DS.

La chica de los seis dedos, una de las múltiples milongas urbanas de la franquicia

La chica de los seis dedos, una de las múltiples milongas urbanas de la franquicia

Pero todo esto palideció en 2008 con su majestad “Grand Theft Auto IV”, lo más parecido a “jugar una película” que ha visto la industria. La vuelta a una Liberty City con las uñas sucias y el sol picando en el ceño fruncido no pudo ser más brutal: todo aquí era enorme, brillante, inspirado, ultradetallista y, encima, dramático. El nuevo prota, Niko Bellic, le aportaba un “fatum” más humano y patético al arquetipo de antihéroe algo paródico representado por Carl Johnson o Tony Cipriani. El resultado fue abrumador: portadas y portadas (incluso prensa generalista) y 25 millones de ejemplares despachados. De propina, dos spin-offs generosos y volcánicos: “The Lost and Damned” y “The ballad of Gay Tony”, olor a gasofa y peste a pachuli para despedir a un hito histórico. Logros y hazañas que pueden quedar eclipsados con el advenimiento, con 200 kilos de presupuesto bajo el brazo, de “Grand Theft Auto V”. Pero eso es otra historia, que también contaremos aquí, claro.

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Gatsby, Deliranta Rococó y Paco Fiestas

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«Donde algunos ven pelucas, yo veo prejuicios», le soltaba un, por fin, espléndido Al Pacino a Helen Mirren en «Phil Spector», fantástico telefilme made in HBO escrito y dirigido por David Mamet (genial la idea de enseñar los ensayos del juicio y no el juicio en sí) que el otro día estrenaron en el plus. Algo así podría aplicarse a «El gran Gatsby» (2013). Recientemente un colega comentó en Twitter que, muchas veces, los periodistas vamos a ver una película con la crítica escrita de antemano. Muy cierto. Claro que, en ocasiones, la tentación está a huevo: aquí, por ejemplo, tenemos a uno de los directores más alocados de Hollywood, a un rapero con visa oro (a la sazón maridín de Beyoncé y jefazo de los millonetis Brooklyn Nets) componiendo la banda sonora (estamos en los años 20, recordemos) y un presupuesto 50 veces mayor que, sin ir más lejos, «La mula»… aunque, en vez del bochorno visual de la «película» mangoneada por la hijísima de Fra(u)de, al menos el regalo se presenta en un apabullante 3D. Vamos, una peluca más voluminosa que la deposición de un elefante con diarrea (sorry por la escatología paquidérmica).

Pedazo de guateque (y encima con confetti 3D)

Pedazo de guateque (y encima con confetti 3D)

Por supuesto, dichos críticos «anticipativos» tampoco tienen problema -mientras que pontifican llamando a Scott Fitzgerald «sobrevalorado»- en meterse en la mente del personaje de Jay Gatsby y aventurar que esta adaptación le encantaría. Claro, como si se hubiesen ido de farra, vino y rosas con él el pasado jueves. Hombre, la verdad es que la cosa tiene su miga porque el dilema que se presenta a la hora de adaptar un libro, sobre todo un libro icónico, es contentarse con seguir sus renglones ilustrándolos respetuosamente y dejando cancha para la imaginación (visual) del espectador, igual que el escritor hace con la del lector; o bien irse por los cerros de Úbeda y reinterpretar de cabo a rabo la historia, como tantas veces se ha hecho con Shakespeare (sin ir más lejos, el propio Baz Luhrmann en «Romeo y Julieta»). El problema es que, aquí, el soga-tira no se decide por ninguna de las dos opciones.

Encantado de conocerme, digo de conocerte, "old sport"

Encantado de conocerme, digo de conocerte, «old sport»

Tenemos anacronismos y descontextualizaciones tan bizarras como cuestionables (las escenas de fiestas y guateques o el bólido amarillo de Gatsby que hubiese encantado al James Bond kitsch de Roger Moore) y, a la vuelta de página, goterones oscuros sobre la identidad impostada, la decadencia espumosa y el fuego fatuo de la pirotecnia sentimental. Una balanza difícil de equilibrar, sobre todo cuando también revolotean secuencias interminables (la de la suite acalorada donde se descubre el pastel) y jueguecillos chinescos con letras mecanografiadas flotando en el aire, estilo Von Trier pre-Dogma. Por suerte, contamos con un as en la manga: Leonardo DiCaprio, un seguro de vida siempre, y aquí aún más (¿qué otra estrella actual podría meterse en la piel de serpiente multicolor de Gatsby?), con esa entrada en escena estilo Welles en «El tercer hombre», salvando las distancias y las mitologías. Como contrapeso, Carey Mulligan y su toque Shirley McLaine que nos deslumbró en «An education», aunque luego haya ido perdiendo fuelle ligeramente, pese a la escena del karaoke en «Shame». También dan el do de pecho Tobey Maguire haciendo de Tobey Maguire, y un Joel Edgerton al que recordamos de «Warrior», una de las mejores películas de los últimos tiempos (así, como suena) por dar mucho más de lo que esperamos de ella. Justamente lo contrario que esta…

¿"GTA" y Scott Fitzgerald? ¿Por qué no?

¿»GTA» y Scott Fitzgerald? ¿Por qué no?

PD. ¿Qué vaso comunicante puede haber entre Francis Scott Fitzgerald y los videojuegos? Esta semana también es de nota… Bueno, combinando Nueva York, fiestas interminables y música desenfrenada, ¿qué tal «Grand Theft Auto: The ballad of Gay Tony»? Incluso sale un cochazo amarillo limón como protagonista…

La Jay Gatsby del tebeo patrio

La Jay Gatsby del tebeo patrio

PD bis. Seguramente no haga falta explicar quién es el Paco Fiestas del título (supongo que aquí somos todos fans de «Hora de aventuras», ¿no?). En cuanto a Deliranta Rococó, es uno de los memorables personajes de tebeo del genial Martz Schmidt, genuino representante del exceso infinito y algo hortera de tiempos muy, muy remotos.

PD segundo bis. Aparte de volver a leer «El gran Gatsby», o cualquier libro de su autor (por ejemplo, el coñón «Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año»), recomendamos «El desencantado», de Budd Schulberg, con su crónica despiada de algunas de las fiestas más brutales y espectrales del viejo Hollywood.

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