Steven el Gigante

He aquí el regreso al cine familiar del gran Spielberg

He aquí el regreso al cine familiar del gran Spielberg

Si alguien merece llevar el apellido de «titán» (lo de Rey Midas ya está un poco visto, ¿no?) en el Hollywood de los últimos 40 años es, sin duda, Steven Spielberg. Desde que revolucionó la industria con «Tiburón», no ha parado de currar a ritmo frenético alternando el cine de autor con los blockbusters más rotundos, aunque ya se sabe que cualquier tiempo taquillero pasado fue mejor (sobre todo cuando no existía Pixar). Pero, ¿qué demonios hacemos hablando de Spielberg a estas alturas? Lo mejor es dejarse de prejuicios y disfrutar de su último estreno, «Mi amigo el gigante», una preciosa adaptación del cuento de Roald Dahl sobre una niña que une fuerzas con la Reina de Inglaterra y con un gigante bonachón, conocido como el BFG, para detener una invasión de malvados gigantes que se preparan para comerse a todos los niños del país. Claro que, si preferimos un drama más pegado a la realidad más gris, nada mejor que lo último de Jodie Foster como directora (tras la raruna pero bastante interesante «El castor»): «Money Monster», que cuenta la historia de Lee Gates (George Clooney), un famoso charlatán televisivo, conocido por ser uno de los gurús de Wall Street. Pero cuando el joven Kyle Budwell (Jack O’Connell) pierde todo el dinero de su mamaíta en una mala inversión por consejo de Gates, decide secuestrar al bocachancla durante su emisión en directo del programa y ponerle un bonito chaleco de explosivos a juego con la corbata. Buen ritmo, buenos actores (incluyendo a Julita Roberts) y pirotecnia de primera para una fábula contemporánea sobre la eterna duda de quién fue primero, el codicioso rico o el codicioso pobre. En fin, un par de pelis bastante potables. No está mal para un 8 de julio.

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Optimismo

Rosamund Pike y David Tennant, con la risa congelada por culpa de su parentela en "Nuestro último verano en Escocia"

Rosamund Pike y David Tennant, con la risa congelada por culpa de su parentela en «Nuestro último verano en Escocia»

Al final, la vida no imita al arte ni a la mala televisión (Woody Allen dixit) sino a los chistes de Gila. «Me habéis matao al hijo, pero lo que nos hemos reído», decía el maestro describiendo perfectamente la marca España más garrula y cerril. Justo lo que estamos viviendo durante esta semana: igual matáis la democracia occidental (como ladraba la rabiosa y soberbia Espe sobre sus adversarios justo antes que querer llevárselos al huerto como una r… barata de Babilonia), pero lo que nos estamos riendo con este espectáculo patético y pepero de cómo no saber encajar una derrota. Algo es algo, ¿no? Quizá sea lo más cercano al optimismo que podemos arañar en estos tiempos absurdos y miserables. En el cine, por suerte, es otra historia. Véase el estreno destacado (por nosotros, claro) de hoy: «Nuestro último verano en Escocia», una comedia que le da una vuelta de tuerca al no siempre inspirado clan de las feel-good movies con una historia de familias desestructuradas, extravagancias rurales y un entierro vikingo sencillamente memorable. Una película sencilla, inteligente, con sano humor negro y que trata con respeto al espectador, cosa no muy habitual. Una buena recomendación para hoy, junto a la también maja «Tomorrowland», con Clooney en modo Disney. Aunque nuestras sinceras recomendaciones son dos: a todos, que se pasen por el Retiro para unirse ordenadamente a la romería de la Feria del Libro (y compren algo, no solo arramplen con los prospectos gratis y los globitos), y a Montoro, que se alquile «La isla mínima» para ver a su alter ego el poli malo, como le soltaron ayer en el Congreso ante la indignación de la paletilla que juega al «Frozen» desde su silla de presidencia. ¡Sálvanos, Manuela!

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San George y la caza de la virgen

Que sí, Matt, que con unas copichuelas y unos tanquecitos nos quedará una peli fetén

Que sí, Matt, que con unas copichuelas y unos tanquecitos nos quedará una peli fetén

A George Clooney, como a Cristiano Ronaldo, le tenían ganas. Normal. No se puede ser tan rico, tan guapo, tan talentoso, tan mujeriego, tan envidiado y, encima, lucir todo el pack en una alfombra roja con las plumas desplegadísimas. Que no somos de piedra, oiga. Y son muchos años de dejarnos con la boca abierta tanto como director como actor (de remate, desde el espacio exterior incluso, como en «Gravity»). Por eso, en cada festival de cine al que acude se le espera con un pelotón de fusilamiento por si las moscas trastabillea un pelín. Hasta ahora no había habido mucha suerte (excepto con «Ella es el partido», peli reivindicable, por otra parte). Pero en Berlín, además en Berlín, aterrizó «Monuments men» y ya no podían aguantar más: abran fuego a discreción y bocajarro.

Pues parece que la cosa era más complicada de  lo que parecía, mechachis

Pues parece que la cosa era más complicada de lo que parecía, mechachis

La verdad es que la carnicería está justificada, aunque solo a medias. Primero, porque todos somos humanos y tenemos tardes malas. Segundo, porque «Monuments men» tampoco es horrible, aunque parezca el episodio piloto de una serie de ardor guerrero masculino que termina por cancelarse a la media docena de capítulos (como «Mob city», ese irregular «LA Noire» made in Frank Darabont). Y tercero, porque Clooney, el casi infalible Clooney, no acierta con la nota correcta de su fábula basada en hechos reales (el grupo de élite encargado de rescatar las obras de arte confiscadas por los nazis antes de que éstos las redujeran a cenizas al acabar la Segunda Guerra Mundial: el tristemente célebre y bradburiano «Decreto Nerón»). Ni siquiera a San George le basta con chasquear los dedos, reunir a unos amigos y esperar a que la magia fluya solita por la gran pantalla. Hace falta algo más: un guión bien armado, unos personajes bien dibujados y no meras caricaturas (tremenda la espía de chichinabo y encaje a la que da vida Cate Blanchett, ni en la última de Indiana Jones estaba tan mal), alguna escena memorable y con gancho…

Me zampo amerrricanos tierrrnos con patatas y queso seco, ja

Me zampo amerrricanos tierrnos con patatas y queso seco, ja

Porque el tema hubiese dado mucho más de sí: ucronía política (¿qué habría pasado si Hitler hubiese sido un buen y cotizado pintor en su juventud?), hazaña bélica tipo «Doce del patíbulo», comedia looney estilo «El pelotón chiflado» (Bill Murray salva los muebles de vez en cuando en sus «parlamentos» con los alemanes, pero no es suficiente), vendetta nazi (el careo entre el prota y el malo malísimo tampoco lo es), melodrama con el sabor de los años cuarenta estilo Michael Curtiz, aventura de campo a la caza y captura de tesoros estilo Indy Jones (las primeras, claro)… Las posibilidades eran amplias, pero Clooney no tenía el día, qué vamos a hacer. Y, encima, saca a pasear la banderita americana para chulearse ante los rusos en una secuencia que parece pensada para fardar ante Obama en el pase privado en la Casa Blanca. Y ese final viejuno que recuerda al de «El llanero solitario»… Una decepción. Y es que a veces, hasta a tipos como él se les atraganta algún sapo, aunque en la gran pantalla sí que cazara a la «virgen» de turno. Que tampoco hay que pasarse.

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El fantasma de George Clooney

"¿Saben aquel que diu de un enano peludo en el Mardi Gras?"

«¿Saben aquel que diu de un enano peludo en el Mardi Gras?»

La verdad es que últimamente nos sentimos en este blog como los protas de «Gravity»: flotando por el espacio, parloteando al limbo cósmico y rodeados de silencio sepulcral. Pero, como decía Joe Rígoli, yo sigo. Pues eso, «Gravity», un delicia visual (aunque mi religión cada vez me impide más ponerme las gafas 3D) y una no menos delicatessen de horror cósmico, ese del que piaba tanto Lovecraft (pero aquí sin bicharracos tentaculares, claro). De momento, la premisa es golosa: ¿quién no ha deseado en algún momento mandar a Sandra Bullock a la estratosfera y más allá? Por otra parte, ahora que de la NASA van a quedar las raspas, podríamos estar ante un filme retrofuturista sobre un par de astronautas a los que, mientras hacen cualquiera de las cosas que hacen los astronautas y que cuestan un potosí (¿qué pensaría alguna civilización alienígena ultra-avanzada al verlos así de afanosos y atareados?), se les rompe el «cordón umbilical» y se quedan como pompas de jabón con casco, aunque pronto mutan en bolas de billar francés (desde aquí escucho las carcajadas de Sheldon y el judío).

Si a Anita Obregón le estallaron las tetas en un avión, ¿cómo sobrevive el bótox de Sandra en el espacio, eh?

Si a Anita Obregón le estallaron las tetas en un avión, ¿cómo sobrevive el bótox de Sandra en el espacio, eh?

Evidentemente, sacar adelante una película (aunque dure solo hora y media) con esta premisa, primero agorafóbica y luego claustrofóbica, sin irse por ramas metafísicas «tarkowskianas» ni resucitar amenazas con dientes «ridleyscottianas», tiene mucho mérito. Algo que Alfonso Cuarón ya demostró sobradamente, aunque algunos aún no le perdonamos las greñas que hizo lucir al gran Michael Caine en «Hijos de los hombres». Pese a todo, lo más celebrado de la función es un George Clooney que, a tropecientos mil kilómetros de Las Vegas, se comporta como si estuviera fardando y vacilando entre ruleta y ruleta, y lingotazo y lingotazo de vodka. Este Jorgito es un caso… Pero solo por ver su última «aparición» merece la pena pagar la entrada (quien tenga que pagarla, claro). Y también molan detallitos como un póster de «Viaje a la Luna» de Méliès en la estación rusa, o el muñequito de Marty el Marciano flotando alegremente como quien no quiere la cosa. Por su parte, Sandra Bullock hace lo que puede (hasta aúlla con buena afinación y juega al «pinto, pinto, gorgorito» en los megamandos de una nave espacial), que no es poco, considerando que, tras sus últimos chutes de bótox se le ha quedado la cara como si hubiese pasado por la centrifugadora de «2001». Pero a los compis de la crítica aún no se les ha secado la baba, así que avanti. Moraleja, que hay que tener cuidado porque el espacio, aunque parezca inofensivo, tiene muy mala gaita:

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