No como el whisky, pero buen trago

Taron Egerton y Colin Firth protagonizan esta irregular secuela de "Kingsman"

Taron Egerton y Colin Firth protagonizan esta irregular secuela de «Kingsman»

En no pocas ocasiones tenemos la sensación de haberlo visto ya todo en la gran pantalla. A falta de guiones originales, el espectador escéptico suele practicar el ejercicio de averiguar en algunas escenas el fruto de la inspiración de tal o cual película, acaso si no detecta directamente el tufo a plagio. Cuando el descaro es amable generosamente se llama homenaje, lo cual no exime de «culpa» a quien lo perpetra, aunque el guiño bien ejecutado pueda ser digno de aplauso o verse como distinto, a tener en cuenta.

Algo de todo esto había en «Kingsman: Servicio secreto», pero llevado a una escala superior basada en la osadía y en los arrestos de subvertir el cine de espías con cabezas que explotaban y una masacre «tarantiniana» en la iglesia de dejar ojos fuera de órbita. Aquella pelí­cula en manos de un tipo hábil como Matthew Vaughn nos deparó un número circense gamberro y excesivo, delirante y genial, un cambalache movido y agitado de James Bond, Inspector Gadget, «Misión Imposible», la olvidada «Agente secreto juvenil», «Los Vengadores» (los de paraguas y bombín) y hasta de «Kick Ass». Un poderosísimo cóctel con licencia para diseccionar irreverentemente los tópicos, retorcerlos con guasa y envolverlos con un efecto visual brutal.

Mientras en aquel primer film veí­amos gozosos cómo un macarra jovencito se transformaba y formaba en el oficio de desenmascarar villanos y conspiraciones al servicio de una agencia secreta independiente, en «Kingsman: El cí­rculo de oro» el protagonista nacido en los cómics de Mark Miller se zafa ya casi como un superhéroe. La trepidante escena inicial de una persecución de coches nos lo presenta despachando a los malos como un Indiana urbanita y elegante, eso sí, muy british para acudir puntualmente a su compromiso con el amor de su vida, la princesa sueca rescatada en la primera cinta. A la vuelta de la esquina tendrá la misión más peliaguda hasta el momento, descubrir quién está detrás de un plan perverso que llevará a los consumidores de drogas a una muerte segura si el presidente de Estados Unidos no accede a un estrambótico chantaje.

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Lástima que la frescura de la primera vez no sea posible de mantener en la secuela. Aunque en muchos aspectos la aplicación de la fórmula primigenia con sus tintes cómicos funciona, la ausencia del factor sorpresa nos lleva a un terreno irremisiblemente neutro donde no hay sabor dulce ni amargo, ni seco de martini, ni de chicha ni de «limonờ, sino todo lo contrario. La adversativa nos hace sentir como en una montaña rusa extraordinariamente entretenida por instantes, aunque los picos y valles en el ritmo evidencian rémoras en el guión. Arriba nos encontramos con secuencias impactantes magistralmente rodadas y el chute de bajada es tremendo; pero para llegar a eso se va remontando por raí­les escasamente imaginativos (incluso resurrecciones inverosí­miles) a base de subirse progresivamente a la atracción un coro de rostros muy conocidos, algunos ilustres, de primos-hermanos yanquis bajo sombrero cowboy que con mayor o menor acierto sacan adelante sus papeles. Así,­ la transnacionalidad de la acción -los Kingsman tendrán la ayuda de los Statesman, otra organización de espionaje oculta tras la fachada de una compañía de whiskey sita en Kentucky- da unos resultados desiguales. Verso suelto queda la sonrisa brillante, cínica y maligna de Julianne Moore, estupenda ama y señora de Poopy Land donde orquesta el caos para el mundo.

Curiosamente, la actriz americana de orígenes escoceses representa la metáfora de lo que transmite la pelí­cula: cuando «whisky» se escribe «whiskey», la calidad no es la misma… pero a pesar de todo nos gusta. Y es que «Kingsman: El cí­rculo de oro» tenía un precedente difí­cil de superar y sin embargo logra consolidar el carisma de personajes dentro de una serie moderna, vibrante y llena de intenciones (sus crí­ticas al sistema, alusiones a los poderosos y sorna sobre la hipocresía no pasan inadvertidas), o lo que es lo mismo con armas para, entre buenos modales, seguir siendo en el futuro polí­ticamente incorrecta.

Texto: José Marí­a Fillol

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