El «ET» y el oto

Uno de los cartuchos supervivientes de la "fiebre del desierto"

Uno de los cartuchos supervivientes de la «fiebre del desierto»

Pues parece que era verdad. O tal vez todo se encuadre en ese «mondo fake» en el que vivimos, donde la realidad parece un falso documental y viceversa. Porque, de hecho, el descubrimiento de docenas de cartuchos del mítico videojuego de «E.T., el extraterrestre» en un desierto de Nuevo México (una de las leyendas urbanas, o arenosas, más sólidas del sector desde hace 30 años), no ha sido perpetrado por una suerte de arqueólogos jugones, sino por unos cineastas en pleno rodaje de un documental, además auspiciado por Microsoft. Seguramente haya gato encerrado, o gato por liebre, porque las cuentas no salen (siempre se habló de cientos de miles, o un par de millones, de unidades no vendidas de tan caótico videojuego, considerado uno de los peores de todos los tiempos), pero nadie negará que el asunto tiene su gracia, como un «tutankamón» pintoresco y bizarro. Y, aunque ahora nos lo tomemos a chundarata, maldita la gracia que les debió hacer a los «cráneos privilegiados» de Atari en su época, ya que la jugada costó a la compañía unas pérdidas de medio billón de dólares a finales del 83, y que Warner Communications les diese la patada.

¿No dan ganas de llevárselo a casa?

¿No dan ganas de llevárselo a casa?

Claro que este caso también demuestra que el hombre sigue tropezando en la misma piedra una y mil veces. Recordemos que, en mayo del 82, Atari tuvo la genial idea de fabricar doce millones de copias de «Pac-Man» para la 2600, a pesar de que solo había diez millones de consolas en el mercado (pensaban vender dos más con el tirón del juego). Resultado: solo llegaron a siete y se tuvieron que comer con patatas cinco. O enterrarlas en el Gobi, vete a saber. Sin escarmentar, el mandamás de la casa (Ray Kassar), en comandita con el jefe de Warner (Steven Ross), idearon su siguiente genialidad: la adaptación del gran blockbuster de la época, «E.T., el extraterrestre». Encima, pagándole a Spielberg 25 millones de dólares para convencerle de que su película era perfecta para un videojuego de acción. Pero lo mejor fue que también le prometieron al «rey Midas» tener el juego en las estanterías para la campaña navideña. Y estaban en julio.

Una muestra de la "maestría" de juego

Una muestra de la «maestría» del juego

Pecata minuta. ¿Seis semanas para elaborar un juego que, en circunstancias normales hubiese requerido seis meses? ¿Qué más da? Ellos eran los reyes del mundo, y con Spielberg al lado, ¿qué podía fallar? Así, confiaron la locura a Howard Scott Warshaw, que hizo un buen trabajo con «En busca del arca perdida», pero en esta ocasión la flauta no sonó. El juego en cuestión aburría a las ovejas, con unos gráficos toscos y primitivos (incluso para 1982), y una acción que consistía, como dijo un periodista, en «ver al extraterrestre cayéndose por agujeros una y otra vez». Como suele suceder, los jerifaltes se echaban las culpas mutuamente y nadie asumía la patata caliente del desastre. Pero tal fue la vergüenza en Atari que a alguien se le ocurrió enterrar los millones de copias sin vender en el desierto (solían hacerlo en almacenes abandonados, pero esto le daba un toque más romántico y fatalista al asunto). Cuando la prensa se enteró y acudió en masa por el botín, echaron cemento a la arena, y ceniza a la ceniza al canto. Al menos, eso pensaban. Ahora, los cadáveres exquisitos quedan al descubierto y salen a la luz para solaz del respetable. Ya solo queda que Spielberg haga una película «de las suyas» (con bicicletas y gorras de béisbol a tutiplén) para que se cierre el círculo de la maldición de «E.T., el videjuego». O, mejor, que llamen a los hermanos Calatrava.

fatalityw FATALITY WESTERN es colaborador oficial de CLUB MEGACONSOLAS (síguenos en Twitter y Facebook).

1984

tetris

Alexey Pajitnov, junto a su creación más eterna: «Tetris»

Para más de uno, la imagen más imborrable de 1984 tuvo lugar en la final femenina de la maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, con la suiza Gabriela Andersen, deshidratada y prácticamente zombi (los zombis de toda la vida, se entiende) recorriendo dramáticamente los últimos metros de la prueba antes de entrar a la meta. Algo que, más o menos, se puede aplicar a la industria del videojuego, que ese año, hace justo tres décadas. vivió uno de sus momentos más cruciales, y tambaleantes, de su reciente historia. Pero también fascinantes, ya que probó la capacidad de levantarse del fango y reinventarse de un sector que, en ese momento, podía haberse quedado poco menos que para vestir santos o para surtir a cuatro geeks mal avenidos.

En el año olímpico, Daley Thompson fue el campeonísimo en varias pistas

En el año olímpico, Daley Thompson fue el campeonísimo en varias pistas

Tan solo unos meses antes, el maná llovía del cielo, el vellocino de oro estaba más cebado que nunca y los presidentes de Nintendo y Atari, los señores Arakawa y Lincoln, devoraban salmón de crianza y brindaban con Dom Perignon en un jet privado que les conduciría a la tierra prometida. En breve, acabarían tirándose los trastos a la cabeza, aunque Warner acudiría al rescate de la pachucha Atari, con más de medio billón de dólares en pérdidas. Pero los malos augurios, operaciones fallidas y colapsos digestivos empezaron a fraguarse rápido a lo largo de 1983, con caras largas en ferias como la Summer Consumer Electronics Show de Chicago y, sobre todo, la monumental resaca del lanzamiento del juego de “E.T. El extraterrestre”, que despachó millón y medio de unidades… aunque dejó sin vender otros dos millones y medio (enterradas en el desierto de Nevada, según la recurrente leyenda urbana), perfecta muestra de cómo iban las cosas.

Erving y Bird, tan amigos en los videojuegos...

Erving y Bird, tan amigos en los videojuegos…

...como archi-rivales en las canchas solo unos meses después

…como archi-rivales en las canchas solo unos meses después

Pero, en mitad del maremoto, 1984 mostró músculo y cerebro: por una parte, con el advenimiento de compañías de flamante estreno como Electronic Arts, que dieron en el blanco fichando por 25.000 dólares a Julius Erving y, de rebote, a Larry Bird (cuestión de compadreo entre agentes) para poner la primera piedra del género deportivo personalizado: el “Dr. J and Larry Bird go One on one”. Por otro lado, nuevos prodigios del ocio electrónico como el Commodore 64 dieron un impulso crucial al sector, animando a la programación casera y a la creación de sellos independientes Aunque, por supuesto, lo mejor fueron los videojuegos. Porque en 1984 hubo títulos cruciales y legendarios de todos los colores y géneros, siempre con la consigna de mantener un ojo en los salones recreativos y otro en las consolas domésticas.

El eslogan de "1942", toda una declaración de intenciones

El eslogan de «1942», toda una declaración de intenciones

"Bomb Jack", otro de los arcades irresistibles de aquellos maravillosos y revolucionarios tiempos

«Bomb Jack», otro de los arcades irresistibles de aquellos maravillosos y revolucionarios tiempos

Con esa idea surcó los aires “1942”, memorable hazaña bélica en scroll vertical para “pasarse con una sola moneda“ (a ver quién era el guapo) y que, como los grandes, no tardó en generar clones e imitadores; “Karate Champ“, pionero junto a “Yie ar kung fu“ del beat más pegón que pronto abandonaría al académico tatami para lanzarse a arenas más peligrosas y “kombativas“; “Kung-Fu Master“, germen de las irresistibles y macarras aventuras “repartidoras“ en horizontal que eclosionaría a finales de década; “Bomb Jack“, uno de los clásicos más adictivos y divertidos que se recuerdan; los también míticos “Paper boy“, “H.E.R.O.”, “Bank Panic“, “Pac-Land“, “Lords of midnight“, “Hogan‘alley“, “Tennis“, “ExciteBike“, “Duck Hunt“, “Ghostbusters“ (estimable intento de reconciliación entre cine y videojuego después del “affaire E.T.”), «Punch-Out!» (la de monedas de cinco duros invertidas en tumbar a Mr. Sandman)… Eso, sin olvidar que estábamos en un año olímpico: “Summer games“, “Track & Field“, “Hyper sports“ o “Daley Thompson‘s decathlon“ descubrieron el gozoso filón del atletismo “machaca pulgares”.

 

1984 incluso se atrevió con "Fahrenheit 451", de un jugón Bradbury

1984 incluso se atrevió con «Fahrenheit 451», de un jugón Bradbury

Pero no todo era arcade puro y duro. 1984 también fue generoso en aperturas de campo y reinvenciones del lenguaje jugón merced a títulos casi experimentales como “Elite” (para muchos, el primer juego “inteligente” y con final abierto de la historia), “Deus ex machina” (abstracto, único y “nasciturus”) y adaptaciones conversacionales de novelas míticas de la CF como “Guía del autoestopista galáctico” o “Fahrenheit 451”, que contó con las bendiciones y la colaboración del mismísimo Ray Bradbury. Capítulo aparte merece cierta criatura de laboratorio salida, allá por junio, de la moscovita Academia de Ciencias de la Unión Soviética y que, después de una laboriosísima pugna por sus derechos en Estados Unidos que casi provocó una nueva Guerra Fría, acabaría por convertirse en el videojuego más exitoso de todos los tiempos: un tal “Tetris”. Hablando de exportaciones, en aquellos vertiginosos meses Nintendo daba los últimos retoques a la prima hermana de la Famicom que estaba a punto de cruzar el charco, bajo el nombre de NES, para convertirse en la piedra filosofal de las nuevas generaciones de consolas que iba a catapultar la industria hacia cotas nunca antes soñadas. En fin, que el “año Orwell” cundió bastante, ¿verdad?

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=ZqXRCQHNq4Q[/youtube]

Únete a FATALITY WESTERN en Facebook.

fatalityw

FATALITY WESTERN es colaborador oficial de CLUB MEGACONSOLAS (síguenos en Twitter y Facebook).

«Breakout»: la fiebre del ladrillo

La primera tabla de Moisés de este negocio, como quien dice

La primera tabla de Moisés de este negocio, como quien dice

Como decíamos el otro día a propósito de «jOBS», la historia de «Breakout» tiene miga y, en palabras de Al Alcorn, uno de los padres fundadores del videojuego, «suele contarse mal». Así que hagámoslo bien. Precisamente Alcorn, que gracias a «Pong» venía de poner la primera piedra en esta industria capaz de facturar, cuarenta y pico años después, un billón de dólares en tres días con un solo juego (no hace falta decir cuál, ¿no?), fue el que reclutó a un «Ho Chi Minh veinteañero», que amaba tanto los zumos de fruta como odiaba el jabón, y que trataba «como una mierda» (según el todopoderoso Nolan Bushnell) a quien no comulgara con sus visionarias ideas. El soberbio hippy era, por supuesto, Steve Jobs, quien al poco de fichar por Atari tuvo la ocurrencia de emigrar a la India en plan viaje espiritual, aunque sus jefes deseaban que fuera a Alemania para investigar algunas «Tank machines». «La verdad es que fue una suerte que no aceptara. Allí no pegaría ni con cola«, confesó Alcorn.

Nolan Bushnell, ideólogo del juego, junto a unos empleados más ejemplares que Jobs

Nolan Bushnell, ideólogo del juego, junto a unos empleados más ejemplares que Jobs

Cuando volvió, con la cabeza rapada, recitando a Baba Ram Das y oliendo a sándalo (algo era algo), se puso manos a la obra con «Breakout». En la película parece que esta decisión fue fruto de un arrebato de genio para demostrar su valía inconmensurable con un «jueguecito» que se sacó de la chistera durante la hora del café. La realidad, como siempre, fue más prosaica y tediosa. Casi todas las crónicas y enciclopedias coinciden en que «Breakout» fue ideado por el fundador de Atari Nolan Bushnell, junto a su ingeniero estrella Steve Bristow. Pero muchos «jobsnómanos» se lo atribuyen a ciegas a su sumo sacerdote. Incluso el propio Bushnell, quizá harto de la controversia, señaló en alguna ocasión que «tal vez fue Jobs» el desarrollador de la idea. El desarrollador. Y no solo él.

Jobs y Wozniak, tirantes por un quítame allá esos cheques

Jobs y Wozniak, tirantes por un quítame allá esos cheques

La mano derecha de Jobs, Steve Wozniak, tuvo un papel esencial en el alumbramiento, ya que, durante unas maratonianas 72 horas de intenso trabajo, fue capaz de reducir los 75 chips de cada juego a 50, condición indispensable para su universalización. La anécdota, que volvió a demostrar la catadura moral de Jobs, fue que Atari le ofreció 100 dólares por cada chip que «eliminase». Y del cheque de 2.500 pavos el bueno de Woz solo vio las raspas (eso sí sale en la peli), aunque, según él, Atari dio 30.000 dólares a Jobs por su trabajo, guardándoselos «para la saca» (que uno es hippy pero no tonto). Alcorn sostuvo, por su parte, que le ofreció mil dólares por cada chip extra limado a partir de los mágicos 50. Y Bushnell terció en la polémica confesando que, cuando preguntó a Wozniak por sus 5.000 dólares, éste se quedó de piedra. Sea lo que fuere la cantidad final, se invirtió en otro nacimiento crucial: Apple. Así que dinero bien empleado.

Las primeras máquinas arcades de "Breakout", aún sin celofán de colores en la pantalla

Las primeras máquinas arcades de «Breakout», aún sin celofán de colores en la pantalla

Aunque, eso sí, la amistad entre Jobs y Wozniak empezó a desmoronarse, con las consecuencias que ya conocemos (lo de confundir a Dylan con los Beatles). En cuanto a «Breakout», solo decir que, para muchos, fue el primer videojuego «puro» de la historia («Pong» tenía más ADN deportivo) y, 37 años más tarde, sigue siendo uno de los arcades más jugados (en la «Atari Anthology» para PS2 puede disfrutarse primigeniamente), incluyendo nuevos soportes y formatos, como tablets o móviles, con todo tipo de variantes, clones y mutaciones. Pero eso ya sale en la Wikipedia y similares. La información veraz de este post está extraída del espléndido libro «The ultimate history of videogames», de Steven L. Kent. Qué queréis, uno aún se fía más del papel impreso… Ay, cuántas horas tontas en la redacción habremos pasado echando unas partidas a «los ladrillitos». Así nos ha ido…

[youtube]https://www.youtube.com/watch?v=tl-AQdn66tw[/youtube]

Únete a FATALITY WESTERN en Twitter y Facebook.

fatalityw

FATALITY WESTERN es colaborador oficial de CLUB MEGACONSOLAS (síguenos en Twitter y Facebook).

Blow»jOBS»

"¿A que me parezco a Jobs? Pues hala, el papel para mí y punto en boca"

«¿A que me parezco a Jobs? Pues hala, el papel para mí y punto en boca»

En la primera escena de «jOBS», con el gurú cascado durante la famosa presentación al mundo de su iPod (tal vez el invento que más daño ha hecho a la historia de la música, pero eso es otro cantar) vemos, prácticamente por única vez en la película, a Ashton Kutcher soportando en su bella cara el peso del maquillaje y la caracterización, esas piedras filosofales y angulares de un cine reciente que, a falta de ideas originales y guión, tiene que recurrir a la imitación y al mimetismo para arrastrar público, garantizarse clics en las webs fotocinéfilas y ganar premios (véanse «Lincoln», «La dama de hierro», los dos biopics de Hitchcock…). Afortunadamente para el ex de Demi Moore, el calvario no duró mucho: a partir de ese momento ya se puede soltar la barba y la melena (y hasta sacarse los zapatos) para encarnar a pecho descubierto al «Leonardo Da Vinci del siglo XX y XXI», como algunos «andaluzones» proclamaron a raíz de su prematura muerte (no olvidemos que el «genio» intentó curarse el cáncer con acupuntura y fruta fresca).

El garaje más famoso de todos los tiempos, junto al de "What's the frequency Kenneth"

El garaje más famoso de todos los tiempos, junto al de «What’s the frequency Kenneth»

A diferencia del cacareado proyecto de Aaron Sorkin (oscarizado guionista de «La red social»), centrado en tres pantallazos de su biografía, «jOBS» toma carrerilla desde el principio y nos presenta a un antihéroe hippy, lisérgico y porrero, poco amigo de la ducha, paternalmente irresponsable (luego es un encanto de padrazo, claro) y con pose de niño caprichoso y genialoide, como demuestra la «invención» en dos patás de «Breakout» en las narices de Atari -ahí habría mucha tela que cortar-, que recuerda a las rabietas que se marcaba el Mike Oldfield post «Tubular Bells», igualmente con sublimes resultados artísticos. Posteriormente llega otro parto más mediático: el del primer Apple en el garaje de su casa, resuelto en el filme como si cambiase un par de ruedas de una bici. Y luego, pues eso, del garaje a la moqueta y el fluorescente, ideas teóricamente visionarias y prácticamente tipográficas, más rabietas y regañinas (con unos accionistas supertacañones a la que, sorpresa, no le hace mucha gracia perder millones a cascoporro, con Bill Gates vía telefónica en plan «me has quitado mi juguete, ya no te ajunto»…), mucho retrato de Einstein, un poco de Next, nada de Pixar y, en definitiva, una sensación global de publirreportaje empresarial que no se lo salta un gitano. Eso, sin contar detalles tan incómodos como ver a nuestro hombre escuchar atentamente el «Girl from the north country» de Dylan y que, al momento, entre su colega y le suelte, sin atisbo de ironía: «Qué bien que hayas vuelto a los Beatles».

Porque lo curioso, y tal vez involuntariamente valioso, de «jOBS» es cómo, con su absoluta falta de matices y su tono pueril (Kutcher tendría que haber hablado con Adrien Brody sobre su experiencia en «Manolete» y las presuntas ventajas de la genética siamesa), convierte a un tipo esencialmente tiránico, plasta, vampírico y cascarrabias en un mesías revolucionario y magnético al que venerar y seguir ciegamente. Quizá del odio a la felación haya una distancia más corta de lo que creíamos, habrá que seguir investigando.

PD. Mejor que «Piratas de Silicon Valley», para conocer al susodicho, recomendamos revisar el documental «Steve Jobs: La entrevista perdida» (que tampoco era nada del otro jueves; el documental, digo…).

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=nLP0AVaUjDs[/youtube]

Únete a FATALITY WESTERN en Twitter y Facebook.

fatalityw

FATALITY WESTERN es colaborador oficial de CLUB MEGACONSOLAS (síguenos en Twitter y Facebook).