Rezando el Rosario

Hipnotízanos suavemente, prenda

Hipnotízanos suavemente, prenda

Seamos francos: más que por Danny Boyle, James McAvoy o Vicentín Cassel, o porque la echaban en nuestro cine de barrio, la principal y poderosa razón que nos ha movido a ver hoy, a las saharianas 16.00 horas (con la sala medio llena, para que luego se queje Glez. Macho), «Trance» es Dawson, Rosario Dawson. Desde que asomó esos ojazos y esa sonrisa planetaria entre la muchachada de «Kids» (y no digamos cuando le hacía marcaje al tirillas Ray Allen en «He got game», de un Spike Lee que la retrató más bella que nunca en «La última noche»), el flechazo fue instantáneo, confirmándose y acrecentándose en joyitas como «Las aceras de Nueva York», «Clerks 2», «Sin City», «Death proof» o, sobre todo, «Memorias de Queens», con esa escena del balcón que sigue emocionándonos y pinzándonos la fibra año tras año.

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Incluso le perdonamos haber rodado bodrios multidisciplinares como «Siete almas», «Pluto Nash», «Alejandro Magno» o «Josie y las melódicas», ay. Los fans somos así. Así que, estreno en el que asoma su cuerpo serrano la Dawson, estreno al que vamos de cabeza, o casi. Además, en fin, está Danny Boyle, un tipo clavado a Rumpelstiltskin y que ya ha demostrado su capacidad de regar con polvos pica-pica nuestra sesera en «Tumba abierta», «28 días después», «Sunshine», la deliciosa «Millones», la oscarizada «Slumdog millionaire» y, cómo no, esa burrada llamada «Trainspotting» que nos dejó a todos pegados a los butacones de la sala de prensa de Warner en aquel sótano legendario de la calle Apolonio Morales long, long, time ago… Después de la intensidad de sus últimos y dispares proyectos, «127 horas» y la ceremonia olímpica de Londres, Boyle se relaja encaprichándose con una historia de robos convencionales (un Goya embrujado) que se va envenenando, cual libre directo de Cristiano Ronaldo, hacia territorios literalmente hipnóticos, desembocando en una vendetta despechada y maltratada que, la verdad, no hay por dónde cogerla.

Cassel, igual que Javier Cámara, preguntándose dónde estará mi Goya

Cassel, igual que Javier Cámara, preguntándose dónde estará mi Goya

La propuesta de Boyle, y sus guionistas, es tan disparata y poco «seria» que lo mejor es olvidarse de convencionalismos de género y disfrutar de escenas tan de tebeos Bruguera como la sesión de hipnosis a los gánsteres (con palabra mágica y todo: «fresa», más divertida que el «Constantinopla» y «Madagascar» de «La maldición del escorpión de Jade»), o fetichistas y berlanguianas, con rasurado púbico incluido (por exigencias de los libros de arte, eso sí). Pero, en mitad de este pequeño desaguisado, saca su cuello de cisne ella, Rosario, en carne viva de manera metafórica y de la otra, y dando sopas con honda a este quinteto algo patoso. Al final, da la sensación de que Boyle no se divirtió con el juguete tanto como pretendía (ni siquiera se animó a filmar algunas escenas oníricas dalinianas estilo «Recuerda» o desopilantes estilo «El gran Lebowski»), ata de cualquier manera los cabos más o menos sueltos del filme (¿se puede tener un fiambre pudriéndose en el maletero de un coche abandonado en un parking, días y días, y que nadie lo note?) y a otra cosa, que trabajo no le faltará. Curiosamente, «Trance» puede provocar en el espectador el mismo frustrante resultado que en el fan de su protagonista: ¿querríamos someternos a un tute mentalista juguetón con ella si al final no recordamos nada de nada? Bueno, vete a saber, que el coco es una caja de sorpresas…

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PD. Si de memorias recobradas y fragmentadas hablamos, no podemos evitar volver a mencionar «Remember me», uno de los juegos de moda, aunque algunos le sacan punta puntillosa sobre que si no es tan original, que los combos son muy cansinos, que si patatín y patatán… Ellos sí que son cansinos, hombre. Y, para experiencia hipnótica y turulata de verdad, léase de un tirón la crítica de «Trance» que publica hoy «El País». No comment.

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