Pablo, Pablito, Pablete

Escobar siempre disparaba primero y preguntaba después, ¿verdad Benicio?

Escobar siempre disparaba primero y preguntaba después, ¿verdad Benicio?

Los que adoramos la serie «El séquito» (menos su tontaina final, que al menos dejaba la puerta abierta para un spin-off con Ari Gold, crucemos los dedos) recordamos la jugosa trama argumental del protagonista para interpretar a Pablo Escobar. Lógico, porque el personaje del narco por excelencia es todo un caramelo: mesiánico, complejo, megalómano, diabólico, carismático… Por eso, no es de extrañar que en «Escobar: paraíso perdido» Benicio del Toro haya dado lo mejor de sí para bordar uno de esos papeles-bisonte que le vienen al pelo. Lo mejor del filme es que no intenta copiar otros estándares del género, sobre todo el «Scarface» de Pacino, sino que presenta a un Escobar omnipotente pero también crepuscular, cual Saturno devorando a sus hijos (o sobrinos, o lo que pille) para dejarlo todo atado y bien atado antes de ingresar en prisión, previo acojone al cura de turno incluido. Eso, más una trama a lo «Romeo y Julieta» con el chaval de «Los juegos del hambre», que demuestra que también encierra un buen actor debajo de esa tierna apariencia (ojo a la escena, algo estirada, donde intenta dar su merecido a un granjero adolescente). Una peli bastante maja, o bastante mejor de lo esperado, que ése suele ser el baremo de exigencia más habitual hoy día.

Jeremy Renner, reporter Tribulete en apuros en "Matar al mensajero"

Jeremy Renner, reporter Tribulete en apuros en «Matar al mensajero»

Aparte, también se estrenan dos pelis con sabor veterano (no digamos clásico, que eso es otro cantar) y que dejan buen regusto al paladar: «Matar al mensajero», un thriller periodístico tipo «Todos los hombres del presidente» (aunque ambientada en los 90) con un espléndido Jeremy Renner con problemas tras haberle pisado la cola de un dragón demasiado gordo y podrido. Ojo a las intervenciones de Paz Vega (a lo femme fatale con chorreras) y Andy García, al que teníamos algo perdido últimamente. Y, por otro lado, «Diplomacia», una de esas partidas de ajedrez que tanto nos gustan (aunque a servidor los juegos de mesa, ni fu ni fa) con dos únicos intérpretes, estilo «La huella». Aquí, un generalote nazi y un diplomático suizo que intenta convencerle para que no haga arder París en plan broche de fuegos artificiales para la Segunda Guerra Mundial. Un duelo al sol, o a la sombra de la Historia, francamente estimable gracias a la batuta sagaz del director de «El tambor de hojalata». En fin, una sesión triple de cine de calidad para olvidarse de este fin de semana lluvioso y presuntamente deprimente que nos espera.

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