Hijos de la ira

Mel Gibson, de padre y muy señor mío

Mel Gibson, de padre y muy señor mío

Viernes de estrenos con la vena del pescuezo más dura que el rotulador de un bingo. Ojo al duelo de tipos duros que se avecina: en una esquina, el mismísimo Mel Gibson con «Blood Father», un thriller a cara de pitbull que cuenta la historia de Lydia, una joven de 16 años acusada de haber robado una fortuna a un cartel, pero en realidad es una trampa fraguada por su novio traficante. La chica tiene que escapar con el único aliado que tiene en el mundo: su padre, John Link (Gibson, naturalmente), un eterno fracasado, antiguo motero rebelde y ex presidiario, que se verá en la obligación de vincularse nuevamente con un pasado del que huía para poder salvarla a ella. Qué vamos a hacer, aunque tío Mel sea un facha austral, un mastuerzo entrañable y un (ex)borrachín, nos sigue molando. Y, en la otra esquina, Antonio de la Torre, que tampoco es manco, en la ópera prima de Raúl Arévalo, «Tarde para la ira», un puñetazo en la base del estómago a base de venganzas enquistadas, cuerda de presos, tipos con la mirada cruzada y mucha clase de viejo y poderoso cine negro a la europea. Tal vez, el rookie del año para el cine español. Menos mal que, con tanta testosterona, tenemos a «El Principito» para desengrasar gracias a su delicada y preciosa animación que hace justicia a uno de los relatos más mágicos e imaginativos habidos y por haber.

¡Que viva Saint-Exupery!

¡Que viva Saint-Exupery!

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