“Evil Dead” y la niña de Rajoy

Cu-cú, ¿ké hase, tete?

Cu-cú, ¿ké hase, tete?

Algún conspirainómano tendría que tomar cartas en el asunto con el hecho de que, a la vuelta de la bendita Semana Santa, el malvado “Necronomicón” se haya convertido en el libro de moda. Por un lado, como anécdota-marcapáginas al hilo de la muerte de Jess Franco (lo de Fritz Lang y demás) y, por otro, por la temible resurrección de “Evil Dead”, donde, treinta y pico años ha, el bueno de Sam Raimi (aquí, productor ejecutivo, ay) puso sus burlescas manos sobre las endiabladas páginas del Libro de los Muertos. Uf, “Posesión infernal”. La leche. Si solo conoces aquel simpático 1981 por “Cuéntame” es difícil que te hagas una idea de lo que supuso esta película para las cachondas mentes preadolescentes (porque, en el fondo, aquel era un divertimento casi para todos los públicos, y no la embrutecida orgía gore estrenada ayer, en la que, siniestramente, dos pobre críos de unos once años se sentaron cerca de servidor… espero que hayáis tenido dulces sueños, mocosos). El caso es que la peli original de Raimi mezclaba a borbotones sangre y blandiblú de fresa, aliñando una historia genuinamente “creepy” con infinita chundarata, gags descacharrantes y ese mosqueo elevado a la máxima potencia que solo se consigue combinando sabiamente humor con terror. Luego, la trilogía fue cargando las tintas, culminando con ese “Ejército de las tinieblas” con más huesos que cualquier desfile de top-models traga-clínex.

Ya dijo ese último bohemio patrio (con permiso de Curro Sevilla, menos superpop, el hombre) que fue Michi Panero que lo peor que se puede ser en este mundo es coñazo. Pues bien, “Evil Dead” 2013 es muy coñazo, pero mucho. El director, que por algo es uruguayo (que nos perdone Mirito Torreiro), le ha rebañado y eliminado absolutamente toda la coña marinera y el sentido del humor a la historia, sacándose de la manga una “justificación” moralista (la prota es yonqui), torturándonos con respingos de preescolar (Dios mío, todavía siguen haciendo el truco del espejo del armarito del baño) y, encima, presentando al actor que desencadena el fregao con una pinta idéntica al moñas de Kurt Cobain. ¡Vamos, no me fastidies, Fede! (así se llama el dire). ¡Traicionar la sagrada memoria de Bruce Campbell de esa forma! ¡Bruce Campbell, por todos los santos! Que alguien me traiga una tisana…

Pues sí, amigos, esto es lo que hay: litros de sangre fácil, obsesión por las amputaciones, negros cayendo los primeros, fuego “purificador”, mucha lluvia y barro para disimular el desastre… Una hez seca pinchada en un palo. Ya te vale, Diablo Cody (a ver si alguien devuelve al garito de strip-tease donde salió a esta prenda, ojo que ella misma lo cuenta en sus memorias, ¿eh?). Y, lo que es peor, angustia vital, corrupción y llagas, podredumbre, camelos y mentiras para saltar a la yugular del crédulo… ¿A qué me recuerda todo esto? ¿Será que la mocita poseída es, en realidad, otra famosa niña que cierto ente maquiavélico invocó en un aquelarre televisivo a dos bandas junto a otro compinche de cejas luciferinas? ¿Mariano, estás tú detrás de todo esto? Lo siento, pero con birrias así se nos va la cabeza…

Bruce Campbell, ¿por qué nos has abandonado?

Bruce Campbell, ¿por qué nos has abandonado?

Por cierto, quien quiera reconciliarse con el espíritu original de “Evil Dead”, que rebusque en su baúl de los recuerdos jugones y, tal vez, se tope con alguno de los videojuegos que han ido saliendo en los últimos años. Tampoco son nada del otro mundo, pero mejor que esto, cualquier cosa.

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