Escotazos y cortinillas

Adams y Lawrence, a punto para la pelea de gatas despechugadas

Adams y Lawrence, a punto para la pelea de gatas despechugadas

Si algo hay que alabarle a David O. Russell en «La gran estafa americana» es su capacidad de que, durante dos horas y cuarto, miremos a los ojos de su historia en vez de a su peinado o a su canalillo. Y cuesta lo suyo, porque el vestuario y la peluquería del filme pueden perfectamente pasar a la historia del cine como los más rocambolescos, aparatosos, estrambóticos y pelín patéticos habidos y por haber. Algo que, por otro lado, también podría aplicarse a los personajes de una farsa mayormente socarrona e inteligente, y sin las aspiraciones a ser «bigger than life» en las que cae Scorsese en «El lobo de Wall Street», sin ir más lejos. Porque, hombre, la historia tampoco lleva la firma de un David Mamet o hasta unos hermanos Coen: la vieja parábola de doble hélice del timador timado y viceversa, con un poco de FBI, un poco de mafiosos de casino (de provincias más bien) y otro chorreón de política parda (servida por el alcalde de Nueva Jersey, para más escarnio). Hasta ahí, todo normal.

Cooper, dándole donde más le duele al cartoniano Bale

Cooper, dándole donde más le duele al cartoniano Bale

Pero donde realmente da el do de pecho (nunca mejor dicho, sobre todo en el caso de una Amy Adams que ya pide a gritos un Oscar; por cierto, el filme opta a diez estatuillas, nada menos) es en la nómina de personajillos que desfila por una pasarela tardosetentera repleta de cretona, moqueta, esmalte podrido y lacas estratosféricas. No solo el cuarteto protagonista -destacando un ternesco Christian Bale que podría servir de villano para Batman sin despeinarse-, sino algunos secundarios de lujo como Jeremy Renner (ese tupé modelo Atlantic City), Louie CK (lo que el cine se estaba perdiendo), Jack Huston (aunque sin la máscara de «Boardwalk empire» queda raro) y hasta un Robert De Niro que tampoco se libra de la escabechina capilar de un director que sigue afianzándose en el cogollito de Hollywood tras «The fighter» y «El lado bueno de las cosas» (por cierto, Jennifer Lawrence va a acabar con camisa de fuerza si sigue por ese camino). A pesar de sus pequeñas caídas de tensión y de algún recurso cogido con alfileres (¿un macarroni hablando árabe como si estuviera charlando con su mamma en la cocina?), la peli mola bastante. Y la banda sonora, también. Aunque, sinceramente, cualquier filme donde no aparezcan ciclistas, móviles ni perros gana muchos enteros. Manías que tiene uno.

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