Cómo intentar salir de este hoyo, según Bukowski

Si se te estropea algo que te importa, lo arreglas sin gimotear

Si se te estropea algo que te importa, lo arreglas sin gimotear

Off-topic habemus, con permiso. Con la que está cayendo, es fácil rendirse al abatimiento y al lamento. Por eso, esto de Charles Bukowski (escrito a los 62 tacos, cuando ya no tenía necesidad de postureo “poeta borracho” ni “viejo verde”) puede ser un buen manual de autoayuda para enfrentarnos al maldito día a día. O no. Al menos, tiene su gracia, y como este blog es un sitio tan bueno como cualquier otro para compartirlo, ahí queda. De todas formas, tranquilos que mañana volvemos a los juegos.

 

JOHN DILLINGER SIGUE ADELANTE

a veces escribo sobre los años 30 porque

fueron un buen campo de pruebas.

la gente aprendía a convivir con la adversidad

como algo cotidiano,

cuando llegaban los problemas

se adaptaban y tomaban la siguiente medida,

y si no la había,

a menudo

la creaban.

 

y la gente que tenía trabajo

lo hacía con pericia.

un mecánico era capaz de arreglarte el

coche.

los médicos visitaban a domicilio.

los taxistas no sólo se sabían todas

las calles de la ciudad

sino que también eran duchos en

filosofía.

los farmacéuticos se te acercaban

en las farmacias y te preguntaban qué

necesitabas.

los acomodadores en los cines eran más

guapos que los astros

de la pantalla.

la gente se hacía su propia ropa,

arreglaba sus propios zapatos.

casi todo el mundo hacía las cosas bien.

 

ahora la gente tanto dentro como fuera de sus

profesiones es totalmente

inepta,

no consigo entender cómo pueden siquiera

limpiarse el culo.

y cuando llega la adversidad quedan

consternados,

se dan por vencidos,

despotrican,

se vienen abajo.

ésos, consentidos a no poder más,

sólo están acostumbrados a la victoria o

a lo fácil.

 

no es culpa suya, supongo,

que no vivieran

los años 30

pero, aun así, no me siento precisamente tentado

a

adorarlos.

 

(“Guerra sin cesar. Poemas 1981-1984”. Ed. Visor. Traducción de Eduardo Iriarte)

Cascado pero contento, esa es la actitud, Hank

Cascado pero contento, esa es la actitud, Hank

De propina, “Blue bird”, mi poema preferido de Bukowski, perteneciente al documental “Born into this”:

 

Secundario de lujo

"Luigi's Mansion 2", sustos sin disgustos

“Luigi’s Mansion 2”, sustos sin disgustos

Los que pertenecemos con orgullo al club de los hijos únicos (como De Niro, Lovecraft, Cary Grant y hasta Garci, ejem) nunca nos podremos hacer una idea del suplicio que es tener a un hermano celebérrimo haciéndote sombra. Y, encima, cuando le sacas un palmo al susodicho. Pero el star-system es así, y el fratello de oro ha tenido que aguantar durante tres décadas el resplandor omnipotente del mito. Aunque a veces la vida tiene un hálito de justicia y se apiada del segundón, aupándole a un protagonismo que éste no suele desaprovechar (por si las moscas). Véase el caso del hermanísimo Luigi, un zangolotino tardío, mañoso, asustadizo y saltarín que le ha sacado las castañas del fuego a Mario en más de una ocasión. La última, sin ir más lejos, en “Luigi’s Mansion 2”, gozosa y burbujeante cartucho para 3DS que también vuelve a reivindicar los años dorados de la GameCube (tus fans no te olvidan).

La película sobre los hermanos sí que daba miedo (y John Leguizamo, algo de grima)

La película sobre los hermanos sí que daba miedo (y John Leguizamo, algo de grima)

Los veteranos mariófilos (o luigiófilos) sin duda habrán hecho la ola al título original, cuyo ADN se inocula aquí en todo su esplendor y con un resultado que tiende lazos peliculeros con algún respingo de la Hammer, con las correrías de Abbott y Costello o, cómo no, con “Los cazafantasmas” scoobydoomizados (qué raruno suena este palabro, ¿no?). Todo son trampillas, pasadizos secretos, estancias escondidas y resortes mágicos en esta desopilante aventura, con decenas de espectros burlones (aunque otros colorados con muy mal ectoplasma, aparte de ratones, arañas y armaduras peligrosas) y, también, billetes, joyas y monedas y lingotes de oro en el resquicio más insospechado.

Afortunadamente, el Succionaentes y sus gadgets funciona a las mil maravillas, y el viejo profesor Fesor también nos echa un cable con sus consejos y recados. Y ojo a los gráficos, que mezclan entrañablemente clasicismo poligonal con new look esteroscópico. Alta rejugabilidad y alta diversión garantizada, en fin. Sombrerazo para Luigi, ese Lee Van Cleef afable (no como Waluigi) del saloon nintendiano.

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“Combustión” ¿espontánea?

9 de cada 10 críticos de Forocoches la recomiendan tochamente

9 de cada 10 críticos de Forocoches la recomiendan tochamente

Ah, el cine español y el público, esa pescadilla que se muerde la cola, ese perro de San Roque que no tiene rabo, ese eterno rifirrafe zipizapesco, esa amistad peligrosa y no siempre con derecho a roce… Si haces cine de espaldas a la taquilla, malo (te niegan las subvenciones y hasta te cierran los Renoir), y, si confiesas tu vocación comercial, peor (te tachan de vendido y solo reconocen tu éxito escupiéndote en el ojo un “claro, no parece española”). Hoy aterrizan en la cartelera una pieza de cada cesto: el feísmo, pesismismo y tremendismo de Coixet en “Ayer no termina nunca” y el preciosismo, televisismo y sinapismo de Calparsoro en “Combustión”. Curiosamente, el futurismo cae del lado de la primera. Coixet y Calparsoro, Isabel y Daniel, vaya dos patas para un banco. A mediados de los 90, cuando ya habíamos metido primera en este gremio juntaletras, “Cosas que nunca te dije” y “Salto al vacío” hicieron correr ríos de tinta y suspiros de gran esperanza blanca. Cine renovado, valiente, contracorriente, incluso kamikaze. Al cabo de los años, cada uno fue cogiendo su carril pero manteniendo su “sello” personal. Pero en “Combustión” la cosa descarrila y acelera que da gusto. O, al menos, gustirrinín.

El triángulo protagonista, más bonito que un San Luis (o San Pancracio)

El triángulo protagonista, más bonito que un San Luis (o San Pancracio)

Porque, caramba, ahora que caemos en la cuenta, lo más cercano en tiempo a esta película que había parido el cine español fueron las mamarrachadas tardonoventeras de Albacete & Menkes (los de “Más que amor, frenesí” y “Atómica”, si alguien tiene la desgracia de acordarse de ellas), subproductos con vocación ansiosa de atrapar sangre joven y fresca en su telaraña francamente deshilachada. Pero ahora la cosa ha cambiado, gracias sobre todo al cable echado por la televisión y la “ficción nacional”, generadora de un “star-system” (Mario Casas, Hugo Silva, Amaia Salamanca, Miguel Ángel Silvestre, Michelle Jenner, los cómicos chanantes, incluso la “generación alsa”, con una Elsa Pataky que, curiosamente, ha acabado como musa de la saga “A todo gas”, inspiración suma de nuestro filme de la semana…) que ha resultado ser agua bendita en taquilla y cuota de pantalla (grande). Y, en “Combustión”, hay abundancia de esta savia nueva, con el añadido del emergente Alberto Ammann, protagonista a la sazón de “Invasor”, la anterior película de Calparsoro estrenada, ríete del paro para algunos, hace menos de cinco mesecitos.

Será por videojuegos de carreras...

Será por videojuegos de carreras…

Tal estajanovismo y marcha forzada no se nota en absoluto en el resultado final: el guión de “Combustión” pudo haberse escrito en el reverso de alguna multa de tráfico, o en el posavasos de un gin tonic de un garito de moda. A veces da la impresión de que, con unos cuantos carteles estilo cine mudo, hubiese bastado para narrar las correrías de un pardillo que cambia de bando (de timado a timador) con la mayor facilidad del mundo; la trama solo se complica cuando el “cerebro” de la operación (un Ammann cuya cara de bachiller aplicado juega en su contra) se mete en líos por una carrera ilegal telegráficamente amañana. Pero, vamos, esto es pecata minuta: lo realmente importante son las escenas de velocidad y sexo (aunque Adriana Ugarte se aplicaba más en “Castillos de cartón”) que salpican el metraje a ritmo de Carlos Jean, su puesta en escena muy videojuguetera (“Need for speed”, “Midnight club”, el inminente “Grid 2” y los que os apetezca incluir) y el look impecable (hasta un taller mecánico parece un showroom de Barquillo) del que hace gala en todo momento. Por cierto, si uno es madrileño puede divertirse un rato localizando el callejero por el que galopan los bólidos (en escenas francamente espectaculares, sobre todo la primera con Álex González al volante) e imaginárselo en hora punta, en su salsa y densidad. En fin, suerte en la taquilla (aunque se antoja complicado competir con la ya cansina “Iron Man 3”, a pesar de Ben Kingsley haciendo de Fu Manchú tres delicias) y, si no, los productores podrían poner una granja avícola con todos los gallitos que sueltan sus actores (menos el argentino, manda narices).

"La caza", de lo poco potable de la cartelera

“La caza”, de lo poco potable de la cartelera

PD. Para no enrollarnos más, una recomendación: “La caza”, lo último del danés Thomas Vinterberg, el de “Celebración” (la mejor de aquel díver experimento con gaseosa que fue el Dogma 95; nunca olvidaré cuando la vi a las 9 de la mañana en el Festival de Gijón del 98, y al día siguiente “Pi”, y por la noche “Los idiotas”, y la espicha, y la sidra, y el Molinón, y el Cánovas, y las fabadas en Tino el “Roxu”… qué tiempo tan feliz). Cómo cualquier vida honesta se puede ir por el sumidero por una mentirijilla de una cría pequeña y la paranoia cobarde de la multitud. Magistral Mads Mikkelsen con ese toque “Perros de paja” (incluso “Manhunt”, de lo mejorcito del catálogo RockStar) e impactante en algunas escenas (la del coro de Nochebuena justo antes de la imagen de arriba) que se clavan como astillas en la uña. Moraleja: como dijo Hitchcock, mejor no trabajar con niños (ni animales, claro). Buen fin de semana.

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¿Tienes fuego?

Con el cuchillo entre los dientes pero el look impecable

Con el cuchillo entre los dientes pero el look impecable

Ya se lo aconsejaba el jinete pálido Paul Newman al cachorrillo Tom Cruise en ese western a tres bandas que era “El color del dinero”: bien jugando a los marcianitos, bien haciendo ganchillo, lo importante es que seas el número uno en tu especialidad. Vamos, que no todo el mundo es Einstein, Kubrick o Picasso pero, si al menos logras un pie de página en el Libro Guinness, puedes dar por bien empleada tu mísera vida. Este prolegómeno viene a cuento de “Fire Emblem Awakening”, santo y seña de la estrategia por turnos desde hace 23 años (un pequeño brinco para el hombre, una gran zancada para este gremio) y todo un icono en el país del Sol Naciente, donde se le venera y hasta se le pone un trono para él solito (véase esa ignota versión para Satellaview del 97).

Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes: por un lado, ser un líder en el país líder de los videojuegos mola. Por otro, los occidentales (a veces malvados, como decían en “Humor amarillo”) no siempre conectamos con las casuísticas y tole-toles de esta gente tan peculiar, tanto en costumbres, gastronomía, melodías de seducción y, cómo no, ocio electrónico. Véase “Dynasty Warriors”, una de mis chinas (con perdón) en el zapato habituales. Pero, en fin, lo que realmente importa es que “Fire Emblem Awakening” es el último eslabón de una saga seminal en su género y que, en su estreno en 3DS, tiene el detalle y gran mérito de reinventarse mirando a sus raíces, como debe ser.

Qué simpática muchachada...

Qué simpática muchachada…

Así, tenemos en nuestra barra giratoria de sushi una historia con más tela que un bañador de Falete, con fuerzas oscuras asomadas en el quicio de la puerta, reinos peleones, soldados prácticamente zombies y el pobre principito Chrom intentando lidiar ante semejante tomate. Partiendo de elementos clásicos de otros títulos como “Gaiden”, “The Sacred Stones” o “New Mistery of the Emblem”, este capítulo (el 12 + 1, encima) riza el rizo táctico, combativo y, cómo no, diseñador (de muy buen ver su look y sus personajes, tan fashion victim como siempre). Batallas, duelos, armas, mapas, contenidos descargables a tutiplén, esa ironía con wasabi tan suya, vídeos fetenes y, por si fuera poco, la sólida inyección 3D de la consola de Nintendo (con las opciones y garbeos StreetPass de propina) redondean y ponen un lacito dorado a una entrega que aglutina todo lo bueno y mejor de la franquicia, incluyendo modo de juego “facilito” para novatos. De elevado disfrute, vaya. O, si no, ya se sabe, si lo quieres lo tomas y, si no, lo dejas. Pero allá tú y tus niveles de hierro en vena… Que no tarde en WiiU, por cierto.

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La coctelera (superheroica) agitando

Si todas las "injusticias" fuesen así...

Si todas las “injusticias” fuesen así…

Las cosas, como son: en realidad, tipos sencillos y noblotes como nosotros no necesitamos demasiadas florituras para ser felices. ¿Que tenemos en la bandeja de entrada a unos superhéroes prácticamente mitológicos repartiéndose estopa de la buena hasta en las pestañas? Pues adelante con los faroles. Además, qué demonios, en un buen saloon como éste las peleas y trifulcas entre forajidos de leyenda siempre son bienvenidas, y si es con rotura de mobiliario y de osamentas, mucho mejor. Por eso, un juego como “Injustice: Gods among us” nos tiene ganados de antemano. Y si encima resulta que es un juegazo como la copa de un pino (que lo es), pues para qué te quiero contar. Y no solo nosotros pensamos así: de hecho, este “angelito” acaba de desbancar a “Bioshock Infinite” de lo más alto en las listas de ventas británicas, así que algo tendrá, ¿no?

¿Algo? Ja. Va sobradito más bien. Principalmente, y perdón por invocar la vena nostálgica de nuevo, un genuino espíritu arcade, con ese 2D brillantemente extendido sobre el lienzo, esa menestra de golpes y supergolpes (incluso megagolpes) tan noventera y, en fin, ese desfile de cracks de DC Comics que Ed Boon y Netherrealm han tenido a bien aglutinar en un solo juego. Sí, sabemos que ya ha habido alguna que otra intentona (sin ir más lejos, “Mortal Kombat vs DC Universe”, otra joyita del mismo gurú), pero aquí las tintas y las barras de energía se han cargado a tope para disfrute del personal con ganas de gresca. El arranque es sencillamente genial: Joker ha camelado a su estilo a Superman para mandar al otro barrio a su querida Lois (y al hijo que esperaba), por lo que la furia del Hombre de Acero prende como la yesca a lo largo de unos escenarios fantásticos y con todo lujo de detalles comiqueros.

Más estrellas que en el cielo

Más estrellas que en el cielo

A partir de ahí es un no parar de enfrentamientos al más alto nivel: Lex Luthor, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman (sí, el de “El séquito”), Catwoman… Todos ellos, con la adrenalina a tope y con muchas cuentas pendientes. Con una notable fluidez y múltiples highlights para fans y neófitos, el juego proporciona un tonelaje tal de momentos memorables que a más de uno se le caerán los lagrimones de la emoción. Cierto que los capítulos principales se pasan en un suspiro, pero la batería de minijuegos, extras, desafíos, modos multis y demás zarandajas garantiza horas de emoción a flor de puño (qué raro queda eso, ¿no?). Y esos gráficos aerografiados y aerodinámicos, y ese mimo por cada personaje y su intríngulis (y ataques especiales, claro), son de sombrerazo. En fin, una joyita old school para enmarcar y sacar brillo de vez en cuando. Larga vida a los machacadedos con fundamento.

Por cierto, esto del cóctel de fenómenos veteranos nos recuerda, más que a “Los vengadores” o “La liga de la justicia”, a una peli de reciente estreno como “Tipos legales”, con un trío de irreductibles como Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin rejuveneciendo a base de nuevos quilombos y nueva química de color azul, ejem. Hombre, el filme tampoco vale mucho, y a veces es algo grotesco, pero la silueta de estanquero de Walken y la esnifada de pastillas contra las cataratas que se mete “Patxi” merece la pena. En el fondo huele a “estreno VHS”, por lo que puede seguir el guateque revival…

Los viejos forajidos nunca se cansan

Los viejos forajidos nunca se cansan

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Dos en el infierno

Calaveras y diablitos

Calaveras y diablitos

Pat Garrett y Billy el Niño. Butch Cassidy y Sundance Kid. Jesse James y Robert Ford. Liberty Valance y el hombre que mató a Liberty Valance (Tom Doniphon, ese mito). Trinidad y el que le llamaba Trinidad (su fratello Bud Spencer entre cucharón y cucharón de potaje de frijoles)… El western más fronterizo y a la vez sin fronteras siempre ha mostrado especial predilección por los dúos dinámicos, letales y algo extravagantes. Y, desde luego, “Army of Two. The Devil’s Cartel” es un western (muy fatality, sin duda) en el que Alpha y Bravo cogen el testigo de una pareja de baile del calibre de Salem y Ríos, protagonistas de las anteriores dos entregas.

Diezma. Arrasa. Aniquila. Con estos tres pases mágicos se podría resumir el espíritu de este shooter a cara de pitbull de Visceral Games, a quien ha venido de perlas las millas de vuelo adquiridas con sus últimos “Dead Space”. Con la complicidad del motor Frostbite 2 (no os fiéis de su nombre de juguete playero porque es pura dinamita), el juego presenta un entramado dinamitero y texmex con una banda de narcos llamada La Guadaña (con ese nombre no se dedican al macramé y punto de cruz, precisamente), con los coros de un puñado de políticos corruptos, sicarios sin escrúpulos y otros personajes que parecen recién salidos de las páginas de tribunales de cualquier periódico (¿aún quedan periódicos de los de envolver el bocata?).

Como no podía ser de otra forma, la tajada cooperativa a pantalla partida (y unos cuantos huesos, de paso) es sencillamente prodigiosa, concentrando el auténtico meollo de una ensalada de tiros con generosos chorreones de tabasco y unas máscaras que no dejan de ser un guiño al lado más chungo de Cuatelandia. Ni la última de Oliver Stone consigue aglutinar semejantes dosis de salvajismo fino y cinemáticas con el gatillo tonto. En fin, unos pájaros de cuenta estos chicos. Casi tanto, salvando las distancia, como estos otros. Ah, el western, ese gran saloon para bailar pegados (pero sin mariposonerías, ¿eh?)…

Parecidos razonables

Parecidos razonables

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Cartelera en descomposición

Ponga otro zombie en su vida, total...

Ponga otro zombie en su vida, total…

Algo huele a podrido en los cines. Y no en los de Dinamarca (que igual también) sino en los de aquí, sin ir más lejos. En cantidad y en calidad. Lo primero, con el salvaje hachazo que supondrá el fin de Alta Films, no solo por la desaparición de decenas de salas sino de cuarto y mitad de cine español (el más arriesgado, contracorrientista y nada complaciente) y buena parte del indie/”exótico”, sino por la mengua de esa ilusión (gran ilusión, parafraseando a la revista que editaba el grupo, y que parafraseaba al padrecito Renoir, claro) que supone “ir al cine”, aventura iniciática y a veces incierta que arrancaba en Martín de los Heros y terminaba en la Plaza de los Cubos (eso, si eres madrileño y algo gafapasta). Pero bueno, ¿qué más le da eso a los fabricantes de palomitas y engrudo 3D? Sí, sabemos que en sus cines (Canciller y Lido, por citar otros dos caídos en combate) también se consumía palomitas y cocacolas, ¿y? Luego está la calidad (¿gallina o huevo del meollo?): una cartelera bajo mínimos (ya, sabemos que ha pasado el tirón Oscar), con historias que podían estar majas pero se quedan a medio gas como “Efectos secundarios”, “Tipos legales” (más rancia que la voz de Constantino Romero anunciando lo de “Filmax presenta”), “Tesis sobre un homicidio”, “Alacrán enamorado” o incluso “Los Croods”, decepciones (“To the wonder”, “Oblivion”) y boñigas diversas (“Evil dead”, “Los amantes pasajeros” y no seguimos porque nos da el tabardillo).

Este viernes la cosa tampoco era para tirar cohetes, desde luego: melaza playera (“Un lugar donde refugiarse“), alquitrán pegajoso (“On the road”, o cómo quitarle el encanto a la generación beat a base de descubrir que, en el fondo, un interminable viaje en coche es lo más coñazo del mundo, solo comparable a ver fotos de esos viajes y sus destinos… ¿verdad, Facebook?), comedia putrefacta (“Memorias de un zombie adolescente”, graciosilla pero también bobalicona estilo “Bienvenidos a Zombieland”, sin llegar al nivel fusilero de “Crepúsculo”, claro)…

Damon, frente al espejo de su conciencia

Damon, frente al espejo de su conciencia

Y la nueva de Gus Van Sant, “Tierra prometida”. Bueeeno, por fin algo decente, con un argumento maduro y hasta comprometido (los trapicheos de una empresa de gas natural para esquilmar a unos pobres paletos de la América profunda), un actor sobrio y creíble como Matt Damon que, además, firma el guión (oficio que le reportó un Oscar también con Van Sant, recordemos), otro seguro de vida como Frances McDormand y unos cuantos detalles notables y personajes con más de dos dedos de frente (el tendero, el ecologista, el viejo profesor, la maestra cuarentona…). ¿Que no arriesga como debería? Tal vez. ¿Que se queda en la superficie algo maniquea y no “fractura” la roca a saco? Seguramente. ¿Que lo del faro y el “doble agente” está pilladete? Ya se sabe, esto es lo que hay. ¿Que nos pareció ver un “Abu Dhabi” en los créditos de producción? La globalización y los petrodólares, you know. ¿Que no pasará a la historia del séptimo arte? Pues claro, pero, qué demonios…

Pero, al menos, clava algunas escenas fetenes (en el bar, a campo abierto o en plan “americana portrait”), respira autenticidad, oficio, buenas maneras (iba a escribir “modales”), detalles old school (cuando bromea con los críos de cada pardillo, antes de echar el anzuelo: “si no eres el dueño, ¿por qué haces todo el trabajo?”) y la sensación de que casi vale el precio de la entrada (los críticos no pagamos, sorry). Que no es poco para el autor de “Psicosis” (“Psicaca”, como la rebautizó el gran Fdez. Santos) o “Last Days”, la chufa esa del “post-cine” según los cahieristas… A la espera de que venga alguien caído del cielo al rescate (¿Iron man al cubo? Uf), de momento nos vale. Así está el patio, muchachada.

Pásese todo el año currando para que sus vacaciones acaben así

Pásese todo el año currando para que sus vacaciones acaben así

PD. Hablando de zombis y gente de mano desprendida (no confundir con altruismo), nuestro querido mundillo jugón tiene mucho que decir al respecto. Sin ir más lejos, está al caer “Dead Island: Riptide”, nuevo garbeo por la playa de los veraneantes putrefactos (no, no se trata de Gandía o Marina D’Or en hora punta) con más escenarios, más sangre & vísceras y más mala baba negra que nunca. Ojo que pringa, pero con salero.

PD bis. Bueno, también hay alguna que otra perla en la cartelera…

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“FIFA 14”, primer rondo

Primera imagen oficial del juego

Leo contra el mundo

Aprovechando que el tono nostálgico del post anterior aún colea, y “coleguea”, lancemos una loa a esos juegos de fútbol de antaño, poco más que evoluciones del arcaico futbolín (ese “Match Day”, aquel de Tehkan nada euroescéptico y rabiosamente cenital), aunque también anticiparon a su manera el jogo bonito y hasta el tiki-taka de nuestras entretelas (“Sensible soccer”, “Super Sidekick”…). Qué tiempos minimalistas, ¿eh? Uno, veterano del Vietnam, no podía evitar pensar en tales hazañas protobalompédicas hace justo una semana, durante la presentación en las mismísimas tripas (relucientes, ya se sabe) del Santiago Bernabéu de los primeros compases del “FIFA 14”. Cualquier clase magistral cum laude o rueda de prensa de cualquier entrenador tecnócrata de la Champions se quedaba corta ante las explicaciones (encima, con acento argentino, que luce más) de las innovaciones de una saga que, para muchos, ha superado la realidad en que se mira.

Desde hace un par de años la franquicia de Electronic Arts va unos pasos por delante de su competencia nipona, pero esta temporada el laboratorio futbolístico ha afinado más que nunca, limando algunas asperezas e imperfecciones hasta conseguir un nivel de detalle y realismo casi sobrenatural, valga la paradoja. Detalles como la física del balón, reproducida pulgada a pulgada de cuero para que los chutes con efectos endiablados hagan palidecer de envidia a Cristiano Ronaldo; la IA en defensa (esos marcajes que por fin van a secar a Messi, o eso se creen) y en ataque (con desmarques exprés y carreritas al despiste); el control de balón en carrera según las características de cada jugador, crack o pardillo… Como guinda, un modo carrera novedoso, mejor peinado que Sergio Ramos y todo lo apasionante que puede llegar a ser. Tampoco se han olvidado de incorporar cientos de nuevas animaciones, gestos y pliegues faciales y, para separar fases, unos retos-minijuegos recién salidos de los auténticos campos de entrenamiento de los equipos profesionales (rondos, paredes…).

En fin, que la cosa pinta muy pero que muy bien. El listón estaba alto, pero estos chicos lo han puesto un poquito más arriba. Tanto que, para algunos, el único pero de la saga es que no incluya féminas en sus filas. Con lo bien que siempre ha lucido una mujer en el campo…

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Canción triste de Arcade Street

Éramos tan felices...

Éramos tan felices…

Ya se ha liado otra vez por lo de siempre: gente que mete la nariz, o el hocico, donde no le llaman. En este caso, una señoritinga política de Nueva Jersey llamada Linda Stender que, como seguramente no habrá problemas más urgentes en su ciudad (¿recordáis “Los Soprano”?), se le ha ocurrido prohibir las máquinas recreativas para mayores de 17 años -las calificadas como “M”, de “Mature”, según el Entertainment Software Rating Board (ESRB)- en centros de ocio como las boleras, ya que en los salones “normales” no computa (con perdón) tal regulación. Vamos, censurar lo que no existe. Más o menos, como organizar una cacería de unicornios o una competición de tiro al dodo. En fin, un asunto extraño, kafkiano, marxista (del género Groucho) y, tal vez, turbio, por lo que si alguien quiere consultárselo a la susodicha, he aquí su Twitter.

Lo que es cierto es que, a perro flaco todo son pulgas políticamente correctas. De acuerdo que algunos arcades como “Mortal Kombat” o “Time Crisis” son algo brutitos pero, qué demonios, ¿alguien se ha traumatizado por su culpa? Incluso a algunos nos ha venido de perlas tal sobredosis de gore para bautizar a un par de blogs.

El auténtico Fatality

El auténtico Fatality

No es nuestro pasatiempo preferido ponernos nostálgicos, pero no podemos evitar sentir un alfilerazo en la espinilla cuando pensamos en aquellos salones recreativos de los 80, con su fauna autóctona y endémica, sus partidas (casi ceremonias de iniciación) al “Dragon’s Lair”, “Phoenix”, “Hyper sports”, “Ghosts ‘n’ Goblins” o “Punch Out!”, su liturgia, su compadreo, su trapicheo, ejem… No vamos a decir su aroma porque tampoco hay que pasarse de mitómano. Pero eran algo especial. Único. Obligatorio, incluso.

La simpática fauna de los recreativos

La simpática fauna de los recreativos

Por si fuera poco su galopante ritmo de extinción actual (algunos de los últimos de Filipinas como el Cañapark o el Picadilly en Madrid han mutado en supermercados espídicos o antros decibélicos, por no hablar de los tugurios de apuestas deportivas, tan educativos ellos), algunos se empeñan en acelerar la defunción con normas absurdas y tiquismiquis. Igual que los cines. O los bares. O las salas de conciertos. O cualquier sitio que vibre, respire y se mueva. Ya lo dijo Edward Bunker: “Cuando todo está jodido, nosotros podemos encajar”.

Hasta en Corea del Norte se lo pasan en grande con los marcianitos

Hasta en Corea del Norte se lo pasan en grande con los marcianitos

Moraleja: allá ellos. Nosotros, al menos, tenemos el recuerdo de tiempos felices. Pero que sepan estos aguafiestas que una gran ciudad sin salones recreativos (no cuento los lánguidos cocederos playeros, ni los comecocos poligonales de extrarradio) queda tan grotesco y tan contra natura como, qué sé yo, Sean Connery vestido de novia.

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“Oblivion”, la (nueva) castaña del tío Tom

En el limbo y tan pancho

En el limbo y tan pancho

Viernes de estreno. Las opciones principales son: Bardem de cura (“To the wonder”), Bardem de nazi (“Alacrán enamorado”), la teniente O’Neil de mamá de Hanna Montana (“LOL”) y Tom Cruise de ñapas de mantenimiento futurista (“Oblivion”). Uf. Venga, vamos a ver “Oblivion” y que sea lo que Asimov quiera. Además, el título nos recuerda a ese fetén “Living in oblivion” (“Vivir rodando”) con que Tom DiCillo nos alegró en los felices y desinhibidos mediados de los 90. Pero esto es otra cosa, claro. “Oblivion” es aquí tierra de nadie, la inopia, las Batuecas, el mismísimo limbo. Vamos, el cálido hogar del moderno practicante del periodismo, esa lengua muerta que se resiste a estirar la pata. Más, o menos, como la carrera de Cruise: un cincuentón que, seguramente resignado a no oler un Oscar en su vida (como mucho, alguna pedrea honorífica), después de agotar su munición con “El último samurái” (de “Valkiria” no hablemos), ha decidido seguir la reciente senda artística de Liam Neeson (de “Rock of ages” tampoco hablemos): action hero entumecido, crepuscular y con un deje filosófico, o tal vez simple dolor de muelas leve.

Y en este extraño camino aparece “Oblivion”, una película que te deja más frío que un picnic en los Urales y que atesora la misma credibilidad que Verstrynge haciendo un escrache a su vecina Soraya. Empezando por el personaje protagonista: un mecánico de drones/basurero apocalíptico misterioso pero con ese inconfundible “toque Cruise”: arregla una avería pegando un chicle y con una gorra de los Yankees enroscada en la sesera (las gorras beisboleras son para Tom lo que las bicicletas para su colega Spielberg). Su jefa/ligue está interpretada por Andrea Riseborough, tal vez la actriz más inexpresiva del cine actual hasta que comprobamos que, la pobre, tuvo que dar vida a Margaret Thatcher para la tele. Nuestro pésame. También salen por ahí Olga Kurylenko, el papá de “Mamá”, Morgan Freeman y la gran Melissa Leo. Bueno, esta más bien asoma por una pantallita, porque ni la dejan lucir de cuerpo entero y de carne y hueso (gane usted un Oscar y sea musa indie para esto).

El argumento centrifuga cosas de Richard Matheson o de Philip K. Dick, pasándolas por la turmix -reconocible para el gran público- de “WALL.E” o hasta “2001” y añadiendo algunas conspiraciones, algunos clones, unos bichos malos llamados “escabeches” o algo así, y muchos disparos sin ton ni son, más una exacerbada banda sonora estilo Jon & Vangelis para disimular su galopante anemia dramática. Y, por supuesto, con nuestro Tom en plan mesiánico-cienciólogo acaparando el 99% de los planos (¿será cosa nuestra o hasta una cría que sale es clavadita a su hijísima Suri?). En este punto de los acontecimientos, recordemos la mejor interpretación de Tom Cruise en los últimos años:

http://www.youtube.com/watch?v=GNrB6qpmNwg

Eso sí, los escenarios y el diseño, muy bonitos pero desangelados, en la línea de la otra castaña (o marrón glacé, que queda más fino) del director: “Tron Legacy”. Y ese mensaje de “de acuerdo, este planeta es una mierda pero, como es nuestra mierda, lo adoraremos”, que no falte. Lo dicho, un aburrimiento atropellado y ice-cool, de más de dos horas de eslora, y que ni siquiera ha merecido una visita de su castañuelero protagonista a nuestro país para promocionarlo (y mira que no se pierde ni una ocasión). Con eso está todo dicho. Bueno, una cosa más: ojo que en un par de meses llega otra pieza parecida, así que igual Tomasito se salva de los Razzies y todo…

"Oblivion" (el videojuego) tampoco escatimaba en vestuario

“Oblivion” (el videojuego) tampoco escatimaba en vestuario

PD. Apunte jugón: es inevitable recordar detalles de videojuegos como “Mass Effect” o hasta “Metroid” viendo esta película. Aunque, en realidad, mejor quedarse con el “Oblivion” propiamente dicho: el de la memorable cuarta entrega de “The Elder Scrolls”. Además, lo que hubiese disfrutado Cruise luciendo alguno de sus modelitos, ¿eh, ladrón?

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